• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Clubes y socios

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Con diferencia de una semana se realizan los encuentros presidenciales de la Unión de Naciones Suramericanas y del Mercosur, el 30 de noviembre y el 7 de diciembre. Aunque son convocatorias de acuerdos con diversa historia, propósitos y miembros, la impresión que dejan al observador más y menos desprevenido es que los presidentes se dan cita en diferentes clubes, que tienen casi los mismos socios, para hablar más o menos de las mismas cosas. Es más, algunos de los asistentes procuran encontrarse por separado, antes o durante la cita formal, para hablar y acordar lo que verdaderamente les importa. Además, siempre pueden llegar tarde, irse antes del final o, simplemente, no asistir.

Si se trata de la Unasur, la cita del viernes tuvo la concurrencia de pocos presidentes y muchos lemas tan sonoros y vacíos como “esta es la hora de América del Sur”, o tan confusos como “la unión requiere menos instituciones y más efectividad”. Al final, para corroborarlo, no se dio a conocer la anunciada Declaración de Lima.

Esto es particularmente llamativo pues se trata de un foro de creación muy reciente nacido al calor de la idea, impulsada desde Brasil y a través de la diplomacia argentina, de reforzar la integración regional. Aparte de mediaciones no siempre afortunadas en crisis regionales –en Bolivia, entre Ecuador y Colombia, Venezuela y Colombia, en Ecuador y en Paraguay– y algunos desarrollos institucionales, particularmente el Consejo de Defensa Suramericano, la Unasur sólo ha ofrecido hasta ahora la reinvención y el debilitamiento de compromisos ya existentes.

Sobre las reinvenciones, la propuesta de un Protocolo de Paz, Seguridad y Cooperación presentada en Lima luce como repetición de los protocolos previos de la Comunidad Andina (Compromiso de Lima, 2002) y Mercosur (Ushuaia, 1999). Ojalá significara un compromiso franco de todos los países suramericanos con la cooperación en seguridad. Pero no ha sido esa la experiencia con Unasur como evidencia, en otro ámbito, el caso paraguayo.

El empobrecido protocolo democrático y las ambigüedades de los estatutos del Consejo Electoral de la Unasur no han ayudado a que la crisis paraguaya sea atendida en términos respetuosos de la autodeterminación democrática de los paraguayos.

Quizá el mayor aporte de la Unasur para la integración esté en el compromiso de reactivar las inversiones para que siga andando un viejo proyecto: el de la infraestructura regional suramericana.

Y en cuanto al Mercosur, que ya carga con el peso de sus propias asimetrías, proteccionismos e inconformidades, habrá que ver cómo se manifiesta en la Cumbre de Brasilia la idea de ampliarlo a diestra y siniestra. Sea que se trate de acelerar su disolución o que desde sus desarreglos surja alguna fórmula para repensar la integración y sincerar la intención de sus muchos clubes: con vista al Pacífico, al Atlántico, a Estados Unidos, Europa y más allá, al norte o sur, y hasta al mar de la felicidad.