• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Ciudad (sin) luz

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“Ocho hermanos, con cinturones explosivos y fusiles de asalto, han atacado lugares minuciosamente elegidos en el corazón de la capital francesa… París ha temblado bajo sus pies, y sus calles se han convertido para ellos en muros”. Con estas  palabras (para las cuales es difícil encontrar un adjetivo que transmita su  grado de deshumanización),  el Estado Islámico, ISIS, DAESH  – o cómo demonios se denomine esa organización yihadista que aterroriza a occidente en nombre de un autoproclamado califato con el que sueñan sus militantes conquistar Al Ándalus (del que fueron expulsados en la edad media) – proclama la autoría del sangriento acto de intimidación perpetrado contra el pueblo parisino; un crimen  de lesa humanidad que ha encolerizado a las democracias de todo el mundo y nada bueno presagia para estos fundamentalistas que ven todo en blanco y negro, ignorando el amplio espectro de grises que ha sido víctima de su intolerancia.

“Este ataque no es más que el principio del tempestad”, afirma el comunicado mediante el cual se atribuyen el fatal atentado que costó la vida a 130 personas y mantiene en los hospitales a más de 300 – un centenar de ellas con heridas de gravedad extrema–: una ominosa amenaza que gravita sobre esa “pobre gente de París”, a la que cantó Jacques Offenbach, el compositor en cuyo homenaje se  nombró Le Bataclan, el bar, café concert y teatro de varietés en el que Maurice Chevalier cultivó aplausos y los vengadores de Mahoma, sedicentes emisarios de Alá, asesinaron sin discriminar a gentes de diversas  nacionalidades, razas y credos, si pararse a pensar si quiera en las repercusiones negativas de esa  incursión, en un país donde la ultraderecha ha declarado al multiculturalismo como una lacra contraria a la civilización y buenas costumbres heredadas de sus  ancêtres les gaulois – y defienden con tanto fervor como hacían los nazis con la raza aria – y que, con el chauvinismo a flor de piel, convocará al odio revanchista contra los emigrados de origen árabe residenciados en Francia que se cuentan por millones y no comulgan para nada con el fanatismo y radicalismo del yihadismo.
París ha sido en repetidas ocasiones objetivo del terrorismo, tanto de la derecha fascista (la OAS, por ejemplo) como del ultraizquierdismo intransigente  – recuerde el lector que, en 1974, nuestro compatriota Carlos (en complicidad con extremistas japoneses) hizo estallar una bomba en el  Drugstore de Saint Germain que causó la muerte a dos personas y heridas a otras 30, tan inocentes como las muertas el fatídico viernes 13 en los barrios 10 y 11 de la ciudad luz – y siempre ha sabido sobreponerse a sus asaltos con la misma entereza que superó la ocupación nazi durante la Segunda Guerra mundial.

París era una fiesta, memorizó Hemingway; lo era y volverá a serlo, a pesar del luctuoso manto que sobre ella se ha cernido; una fiesta donde se celebra permanentemente la libertad, la igualdad y la fraternidad que una manada de enceguecidos dogmáticos consideran insultantes para su profeta y su Dios; pero, Alá es grande y, por eso, cantamos Allons enfants de la Patrie, / Le jour de gloire est arrivé!