• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Circo judicial

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Considerada por el Libertador como la “reina de las virtudes republicanas” y sostén de la libertad y la igualdad, la justicia ha sido envilecida en nuestro país por quienes piensan que ella es sinónimo de retaliación, venganza, escarmiento y castigo. Son, en verdad, revoltosos y montoneros que acabaron con el Estado de Derecho y pretenden, de forma sumarial y tiránica, condenar a quienes asumen posiciones críticas o contrarias a su forma autoritaria de gobernar.

Es lo que han hecho con el ex alcalde de Chacao Leopoldo López, un dirigente cuya única falta (si puede estimarse como tal), rebatida hasta la saciedad por los alegatos de su defensor, ha consistido en manifestarse públicamente, haciendo uso de sus derechos constitucionales, contra las políticas oficiales que propician la inseguridad, la escasez, la inflación y otras calamidades de igual tenor, actividad que una fiscalía subsidiaria del poder central y unos tribunales cuya solvencia está en entredicho califican de fechoría.

Prácticamente sentenciado antes de ser sometido a juicio, Leopoldo López -tratado como si fuese Osama bin Laden, Hannibal Lecter o Albert De Salvo (el estrangulador de Boston)- permanece recluido, desde el 18 de febrero, en la cárcel militar de Ramo Verde y enfrenta cargos por incendio, instigación pública, daños a la propiedad y asociación para delinquir: todos delitos inventados para forjar un expediente a la medida de los deseos del cabecilla gubernamental que ordenó su captura para que fuese penado aun sin haber comparecido ante los tribunales.

En las maratónicas audiencias realizadas lunes y martes, la fiscalía presentó 120 evidencias y 76 testigos, de los cuales 54 son policías y 15 son funcionarios del Ministerio Público. Una auténtica cayapa perpetrada con premeditación y alevosía para criminalizar a un ciudadano cuyo desempeño resulta sumamente incómodo para el gobierno.

En realidad no se trata de un juicio sino de un montaje teatral, una suerte de auto sacramental de nuevo cuño y con mensaje y moraleja, dirigido a advertir sobre lo que espera a quienes osen oponerse a los designios de la camarilla que conduce indefectiblemente al país hacia el reino del miedo, las amenazas, el terror y el desasosiego.

El remedo de justicia con que se pretende barnizar lo que cada vez se parece más a una tiranía no puede, sin embargo, engañar a ningún individuo sensato. Sólo los subsidiados y enchufados aplaudirán los desafueros que han despojado de balanza, venda y espada a la dama ciega, pero la mayoría no se dejará amedrentar por ese lamentable espectáculo que evoca linchamientos, cacerías de brujas y juicios inquisitoriales y que revelan las raíces oscurantistas y medievales del socialismo del siglo XXI

Ante semejante atropello nos preguntamos, si así es tratado un dirigente nacional, ¿qué queda para las personas comunes y corrientes que, hartas de ser maltratadas con carestías, colas, altos precios y delincuencia desbordada desean dejar constancia de sus desavenencias con un régimen incapaz de corregir fallas que han pasado de coyunturales a estructurales?

El ciudadano de a pie, el hombre y la mujer que a diario salen a la calle sin saber a ciencia cierta si podrán regresar ilesos a sus hogares ¿qué pueden esperar de un sistema judicial basado en la obediencia y la disciplina cuartelarias? Nadie que deba comparecer ante esa desnaturalizada justicia puede salir incólume; pero tampoco ninguno de los que participan como oficiantes o comparsa de esa farsa que hace de la justicia un festival de iniquidades debe pensar que se saldrá con las suyas. Y no es que se les vaya a pasar factura; es que, tarde o temprano, la justicia se ha de imponer: no en balde es una de las cuatro virtudes cardinales.