• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Cierre a la brava

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Si duda la política del presidente Santos persigue un fin superior, que es la paz en Colombia. Por esta razón estratégica no son pocas las cosas que su gobierno tiene que soportar para mantener el frágil equilibrio no solo en el frente interno, sino también en el internacional.

Santos ha debido aguantar los desplantes del gobierno de Venezuela, el incumplimiento de los acuerdos firmados, el congelamiento de las comisiones binacionales, el apoyo descarado a la narcoguerrilla y el deterioro de las relaciones comerciales que tanto han perjudicado a Colombia. Son muchas las afrentas que el gobierno colombiano se ha tenido que calar de los rojitos bolivarianos.

Hoy un nuevo episodio se agrega a los anteriores. Según afirma la canciller de Colombia, el cierre de la frontera entre los dos países fue un hecho inconsulto, llevado a cabo en horarios estelares para los transportistas, lo que generó una violenta crisis en los poblados fronterizos.

Pareciera que en Venezuela no existe una Cancillería ni una embajada en Bogotá para informar y coordinar estas medidas de cierre. A los ojos de cualquier diplomático, esta medida luce como un atropello desesperado, otra bravuconada militar de un generalote apoyado por Vielma Mora para tratar de responsabilizar a los vecinos de la crisis económica de la frontera.

Cerrar una frontera viva y especialmente activa, como la de los dos países, es un grave error que trae consecuencias no solo económicas y comerciales, sino efectos gravísimos en el ámbito social. El contrabando de extracción no se produce en las alcabalas formales sino cuando las autoridades militares se hacen cómplices de ello. Eso lo saben Maduro y Vielma Mora quienes, en su ignorancia real del problema, no adoptan otra actitud que la de implementar una medida represiva que resultará contraproducente en el tiempo y no resolverá nada.

Se nota que quien fue secretario general de la Comisión Binacional y es el actual gobernador del estado Táchira, corazón de la frontera colombo- venezolana, poco o nada entiende la dimensión social y humana de esa relación en las zonas limítrofes.

La errática y perversa política económica, la falta de estímulos a la producción y una economía basada en subsidios, control de cambio y regulación de precios son los motores de la avalancha de productos de una parte de la frontera a la otra.

Cuando la economía venezolana era más sana y sensata que la colombiana, la ecuación era a la inversa. Los colombianos compraban a precios más baratos del otro lado de la frontera. Eso se le olvidó al gobernador militar.

Además, gran parte de los productos que salen o entran por nuestras fronteras pasan por controles ilegales que obligan al pago de coimas de una manera pública y grotesca. Eso lo han denunciado quienes hacen vida en esas zonas fronterizas.

Bien lo dijo la canciller Holguin al afirmar: “Esta medida unilateral de cierre de la frontera no nos parece que sea la medida que va a controlar el contrabando”.