• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Cesar la huelga de hambre

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Las huelgas de hambre no solo son un derecho, la manifestación legítima de una voluntad orientada a la salvaguarda de una causa trascendental que importa a una sociedad determinada, sino también un mecanismo legítimo de protesta. Han ejercido influencia decisiva en grandes gestas de la historia. Movieron montañas, cuando las circunstancias lo permitieron.

Ningún reproche merece, por lo tanto, las que han iniciado un grupo de jóvenes venezolanos para protestar contra las arbitrariedades y los desmanes del régimen en materia electoral y de derechos humanos. Todo lo contrario, requieren del apoyo incondicional de la sociedad democrática.

Pero desde nuestro texto de hoy pedimos su cese. Las noticias sobre el deterioro de la salud de los huelguistas son alarmantes. Su organismo está a punto de colapsar por la falta de alimentación. Solo si se atienden a tiempo los problemas que ya aquejan su salud, se puede pensar en una recuperación satisfactoria que les permita continuar su lucha.

Un sacrificio como el que han emprendido puede dejar secuelas serias en unos cuerpos que se necesitan enteros y vigorosos para la continuación de una lucha que todavía no termina. La atención médica no ha estado a la altura de las circunstancias debido a la conducta indiferente de las autoridades. Es hora de pedirles, por lo tanto, el cese de su admirable gesta.

Ya han llamado la atención, no sólo en el ámbito venezolano sino también en el exterior. Las novedades de su heroicidad son de público conocimiento en todas las latitudes. Han cumplido un objetivo primordial. Si algo faltaba por descubrir sobre la inhumanidad roja-rojita, se ha develado del todo.

Cumplido este propósito esencial, solo nos queda clamar por la integridad física de los políticos que lo han hecho realidad, para que vuelvan a sus tareas de oposición activa en la cual hacen tanta falta. No solo conducirán así a la tranquilidad de sus familias, sino también a la de millones de seguidores en Venezuela.

La seriedad de la protesta obliga a negociaciones que deberían llevarse a cabo inmediatamente, capaces de satisfacer las exigencias de los huelguistas. También se ha llegado ya al límite de ese desafío que debe atender el gobierno sin detenerse en dudas. ¿Lo hará, como lo piden los clamores de la justicia? ¿Mirará con ojos de equidad la abnegación de los jóvenes que se niegan a recibir los alimentos que necesitan para la vida? Son respuestas trascendentales que debe responder Maduro, antes de que las cosas pasen de castaño a oscuro para la salud de los jóvenes oponentes, pero también para la salud de la república, ya bastante deteriorada.

Pero no bastan los argumentos que aquí se han presentado.

Se requiere que las instituciones fundamentales de la sociedad, como los partidos políticos, las organizaciones sindicales, las universidades y la Conferencia Episcopal reclamen en las calles esas negociaciones perentorias y el cese de la huelga de hambre. A ellos van dirigidas estas letras.