• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Cementerios rojos

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No hablamos aquí de los lugares donde reposan las personas fallecidas, a los que volvemos periódicamente para rendirles nuestro homenaje. Ni siquiera nos referimos a espacios como el cementerio de aviones conocido como The Boneyard, en Tucson, Arizona; o al cementerio de barcos donde se pudren cerca de 300 moles en la pobrísima Noaudhibon, en Mauritania; ni al famoso cementerio de taxis en Chongqing, China; ni tampoco a los miles y miles de cementerios de todo tipo de objetos, que van desde enormes depósitos de cauchos y otro tipo de desechos industriales al aire libre; ni tampoco al nostálgico paisaje de la playa de Barril, en el Algarve portugués, donde han sido ordenadas con ceremonial simetría más de doscientas grandes anclas que se oxidan con el paso del tiempo.

De lo que hablamos aquí es de los innumerables cementerios rojos que se multiplican en el país. Porque el cementerio de tractores no es una excepción. No se trata de un caso fallido, entre un conjunto de otros proyectos exitosos. La escena de pudrimiento de lo que se prometió como una gran fábrica de tractores es característica. Pertenece a la tipicidad de este régimen. A su conducta corriente. Y a los hechos nos remitimos.

Los contenedores con miles de toneladas de alimentos que se pudrieron en puertos y depósitos. Los medicamentos importados que caducaron y que nunca fueron distribuidos. Las millones de toneladas de conque que se acumulan en el Complejo Industrial José Antonio Anzoátegui. El estado de ruina y podredumbre disperso en decenas y decenas de equipos e instalaciones petroleras, que fueron arrebatadas a sus antiguos propietarios en la Costa Oriental del Lago. El amontonamiento sin solución de desechos tóxicos en las empresas básicas y en las operaciones petroleras. La condición creciente de deterioro en las instalaciones petroleras de todo el país: entre ellas, Amuay es su referencia más emblemática.

Todas las anteriores, son modalidades, versiones de cementerios, de los incalculables cementerios rojos que son la verdadera especialidad del poder venezolano, de 1999 hasta esta fecha. Además de los cementerios conocidos, hay otros muchos que están por revelarse que son producto de la corrupción, el despilfarro y la desidia. Tarde o temprano esos cementerios saldrán a la superficie o a la luz, porque no podrán ser ocultados. Y todos ellos vendrán a sumarse a los otros cementerios del chavismo-madurismo: el de las abultadas promesas incumplidas, el del palabrerío vacuo y distorsionador de la realidad repetido al infinito en cadenas de radio y televisión, el de proyectos imposibles y delirantes como el del eje Orinoco-Apure, el de las mentiras insuperables como la afirmación de que ahora Petróleos de Venezuela es de todos, o el de ideas grotescas y de patética desesperación como el de los gallineros verticales, o el desquiciado, definitivamente desquiciado anuncio según el cual en las barriadas del país instalarán defensas antiaéreas, en un país donde esos barrios pasan los días sin energía eléctrica, las semanas sin agua, los años y las décadas sin la menor garantía de protección de sus vidas, asediados por la delincuencia y las guerras entre bandas de violentos.