• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Cementerio para niños

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Hace veinte años los venezolanos sabíamos perfectamente bien que el presente era una dura lucha y que aquello que nos daba ánimo era soñar sobre el futuro, ese tiempo al que le atribuimos arbitrariamente todo tipo de felicidades y satisfacciones personales y colectivas. Pues ahora ese consuelo ya no es posible. Entre Chávez y Maduro no sólo acabaron con el presente de Venezuela sino hasta con el dulce consuelo del tiempo futuro.

Hace cinco días nos enteramos, por los canales de las redes sociales, de la muerte del niño Oliver Sánchez, quien atrapó la atención del país cuando fue fotografiado durante una de las frecuentes manifestaciones que ocurren en Caracas exigiendo medicinas y atención médica. Oliver portaba un cartel donde estaba escrito a mano una frase simple y conmovedora a la vez: “Quiero curarme, paz y salud”.

El ojo hábil del fotógrafo permitió encuadrar la imagen de una manera tal que, como telón de fondo, mostraba un amenazante grupo de integrantes de los cuerpos antimotines a quienes, desde Miraflores, su jefe Maduro y sus rollizos colaboradores obligan a hacer horas extras día tras día. Miserable y humillante misión la de esta gente, muchos de ellos tan pobres y hambrientos como los que reciben sus golpes, gases lacrimógenos y sus disparos de escopetas.

En la foto el niño Oliver Sánchez lucía cansado y asustado por ese fiero despliegue de las fuerzas represivas de Maduro, innecesario y harto cobarde ante los ojos de cualquier ciudadano que ejerce pacíficamente su derecho, consagrado en “la mejor Constitución del mundo”, de salir a la calle y protestar contra lo que considera injusto y perjudicial para la sociedad. A sus 8 años de edad, Oliver era lo suficientemente perspicaz para darse cuenta de que aquel montón de fuerzas antimotines era totalmente injustificado para enfrentar a una multitud que no portaba otra arma que su voz y su rabia.

¿Por qué este señor Maduro le teme tanto a la gente? ¿Cuál es el motivo para que le tenga miedo al pueblo? ¿Qué cosa tan grave le hemos hecho todos nosotros, la gente de los barrios? se preguntaría Oliver. No debería estar bravo, se diría, sino avergonzado por no cumplir con sus promesas, por no ocuparse de los hospitales ni de las medicinas para los niños y los viejitos, ni de la comida para las madres y las abuelitas, de la falta de agua y luz en el barrio. Solo tiene tiempo para hablar paja diariamente por la televisión y para mandar a la Guardia y a la policía a darnos golpes, empujarnos, lanzarnos gases picantes y dispararnos con escopetas.

Oliver quería vivir para ver un país benigno con los niños, y se aferraba a un tratamiento médico para prolongar su vida y ayudar a Venezuela a salir adelante. Maduro le cerró la puerta, le quitó el futuro, lo dejó afuera porque le dio la gana, en un desamparado lugar donde la mano de Dios lucha por llegar pero tarda demasiado. Un lugar tan sombrío que hasta el horror tuvo que retroceder espantado ante la multiplicación de los cementerios para niños.