• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Casa de empeño

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El precio de la historia es una serie televisiva, especie de reality show, que muestra la actividades de una tienda de Las Vegas, una casa de empeños para ser precisos, llamada Gold & Silver Pawn Shop, cuyo propietario, su hijo, su padre y un empleado de confianza, son los encargados de tratar con los clientes que a ella se acercan con los objetos más diversos y extraños, a fin de ser negociados con la convicción de que cada cosa tiene un precio y detrás de la misma hay una historia; así piensa y  lo pregona Rick Harrinson, el mandamás del establecimiento, una filosofía de la que, por lo visto, vino impregnado Xi Jinping, el presidente de China, quien acaba de deslumbrar al gobierno con sus espejitos y cuentas de colores ajustadas al ¿Cuánto hay pa’eso? de un funcionariado ávido de suscribir convenios que, con este último tírame algo, elevan la deuda venezolana con la potencia asiática a alturas que dan vértigo (este diario informó que su monto  es superior a las reservas internacionales del país) y plantea serias interrogantes sobre los términos de los tratados acordados.

Nos imaginamos a este moderno mandarín, a quien llaman el príncipe rojo, escuchando al traductor simplificar los fantasiosos proyectos ofrecidos por Maduro y  reducirlos a cálculos financieros con el petróleo en la mira, para preguntar, a la manera de Rick, ¿Y bien, Nicolás, qué quieres hacer con tu país: empeñarlo o venderlo?   A lo que el interpelado quizá respondió: Será  empeñarlo, porque – por ahora – no está en venta, tal vez  más adelante cambiemos de opinión; además, habría que preguntarle a los cubanos y a los rusos. No, definitivamente empeñarlo. Xi se tomaría su tiempo para indagar: ¿Y, de cuánto estamos hablando?

Podríamos seguir especulando hasta la saciedad sobre cómo una administración sin rumbo arriesga el porvenir de la nación y se atreve a prometer  el suministro de hasta por un millón de barriles diarios  de hidrocarburos a esos nuevos conquistadores llegados de oriente, si en una década Pdvsa no ha logrado siquiera igualar la producción que tenía antes del paro petrolero; y transitando por la senda de la especulación podemos suponer que tal ofrecimiento se hizo con el premeditado propósito de recortar los envíos a nuestro principal mercado, Estados Unidos, y colocarnos en el bando equivocado de la nueva guerra fría. O a lo mejor se estaría planificando un recorte a aquellos países que nos sirven de soporte para impedir que la OEA tome en serio las denuncias que se hacen sobre restricciones a las libertades ciudadanas y violaciones de los derechos humanos en suelo venezolano, pues total, romper nexos con el principal foro interamericano no sería más que una ligera raya extra para el tigre de papel que despacha en Miraflores.

Nunca antes los intereses nacionales habían sido manejados tan a la ligera como lo han hecho el chavismo y su desviación infantil, el madurismo;  por eso no son de creer los desmentidos del ministro Rodríguez Torres sobre una eventual adquisición de ese monumento a la desidia conocido como Torre de David por parte del imperialismo amarillo, como sostuvieron algunos medios, sobre todo por la sospechosa evacuación de ese cáncer urbano,  llevada a cabo a la sombra, como sólo trabaja el crimen, lo cual  se presta a todo tipo de elucubraciones, las mismas que suscita el repentino interés por desalojar el Sambil de La Candelaria. No es descabellado pensar que la afamada favela vertical y el frustrado centro comercial sean los polos de algún tipo de desarrollo inmobiliario que podría reportar pingües beneficios y en el que podrían  meter sus manos quienes se bajaron de la mula con la convicción de que realizaron una fabulosa inversión; una conjetura cuya factibilidad conduce a creer que ambas edificaciones pudiesen haber sido presentadas como aval de alguna pignoración a esa voraz casa de empeños que conocemos con el nombre de República Popular China.