• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Cartas marcadas

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Escogieron muy bien la fecha para consumar un fraude difícil de calificar porque aquí, en la Venezuela de ahora, el adjetivo "institucional" apenas sirve para tildar componendas, trapacerías y todas suerte de estafas perpetradas en nombre -y abiertamente en contra- de la Constitución; postergaron arteramente el proceso de elección de fiscal, contralor y defensor del pueblo para cuando la mente y atención del común se afanan en el ajetreo previo a las festividades navideñas y, así, asegurarse de que no habría una reacción como la que cabría esperar ante la monumental bribonada que ha resultado la integración de un poder que no sabemos por qué, si su integración puso de bulto la falta de ética, se continúa apellidando "moral.

Apelando al criterio de un sumiso o, mejor, cómplice tribunal superior en trance de recomposición, el capitán del parlamento -el uso de minúsculas intencional- solicitó a los jueces que interpretaran sus deseos como órdenes para dulcificar, con el almíbar de la legitimidad, investiduras espurias, violando descaradamente el artículo 279 del manoseado librito azul -que ha contribuido a trivializar el contenido de "la bicha"- el cual, entre inútiles menudencias de género, obliga al comité de postulaciones a someter a consideración de la asamblea nacional una "terna" de aspirantes "por cada uno de los órganos del poder ciudadano" y, de manera taxativa, establece que ella, "mediante el voto favorable de las dos terceras partes de sus integrantes, escogerá en un lapso no mayor de treinta días continuos, al o a la titular del órgano del Poder Ciudadano que está en consideración".

Un tramoyista que solía gestionar asuntos sin importancia en el MAS devino en tramoyero mayor de un asimétrico comité de postulaciones y, al finalizar de leer la lista de aspirantes a convertirse en contralor (a), defensor(a) y fiscal (¿a?) ante una bancada adiestrada para servir de comparsa en la sectaria simulación y validar con la señal de costumbre decisiones tomadas con antelación por la jefatura escarlata y verde oliva, propuso tres candidatos (uno y no tres) para los puestos en lisa, que fueron aprobados por una mayoría simple y no calificada.

Con cartas marcadas y dados cargados, los bolichavistas le ganaron la partida a una oposición desvalida que, para continuar apostando, tendrá que adoptar y afinar estrategias de mayor vuelo si no quiere quedar fuera de combate.

Este primer episodio del rediseño de los poderes públicos no presagia nada bueno para la composición del Poder Electoral (delegado en un TSJ enrojecido por la incertidumbre de su también inminente renovación).

Hay que asumir la jugarreta del PSUV como otro golpe bajo al maltrecho ordenamiento constitucional que viene a engordar su catálogo de fechorías; un infame prontuario ante el cual debemos reclamar mayor templanza y decisión al liderazgo opositor para ponerle freno a la degradación de los fundamentos republicanos.