• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Cartas y corrupción

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En vísperas del III congreso del PSUV, vemos como el ventilador encendido por Giordani sigue salpicando, de Maduro hacia abajo y hacia los lados, a todo el que se considere “alguien” en el seno del partido oficialista.

Lo sorprendente, para la gente del gobierno -y que podría ser bueno como tema de análisis y discusión para los opositores-, es que el Monje ha encontrado adhesiones, sobre todo en un prominente miembro del Grupo Garibaldi (fundado por el ex titular de planificación), Héctor Navarro, que ha salido en su defensa arguyendo que se deben investigar las denuncias de Giordani formuladas en el polémico alegato “Testimonio y responsabilidad ante la historia”.
Encendido pues el debate sobre la corrupción, nos llega una foto del presidente de Uruguay, José “Pepe” Mujica, aguardando ser atendido en un hospital de Montevideo, a partir de la cual nos asalta un montón de interrogantes que derivan del “affaire Giordani”.

La foto del mandatario sureño, en mangas de camisa y calzando holgadas sandalias al estilo hippie de los años sesenta, circuló profusamente por las redes sociales. La gráfica levantó suspicacias en los twitteros, pero hay que pensar que Pepe
Mujica, fiel a su estilo, confía en la eficiencia de los servicios de salud de su administración. Contrasta la actitud del mandatario uruguayo con el hipócrita comportamiento de los altos funcionarios venezolanos.
¿Cuántos de estos burócratas bolivarianos se hacen examinar en los hospitales públicos y acuden en sus grandes camionetas blindadas a esperar sentados largas horas a que los atienda un médico cubano?

¿Por qué, señor Maduro, no hace una encuesta entre sus ministros y jefes militares sobre quién tiene sus hijos en una escuela o colegio privado? Basta con enviar un fotógrafo a la hora de salida de los alumnos y ver como pululan los escoltas motorizados y las grandes camionetas de los funcionarios corruptos, socios en el tráfico de influencias y el enriquecimiento ilícito.

¿Sufrirán los señores y señoras que viven del tesoro nacional los rigores de la escasez? ¿Harán sus consortes colas en los mercados o enviarán a su choferes a proveerse con rango VIP en los almacenes y depósitos de Pdval? ¿Cuánto pagan en pólizas HCM con dinero robado a los contribuyentes? ¿Viajan al exterior en clase económica o disfrutan de cómodos asientos en business class?

¿En cuáles hoteles se alojan cuando van de vacaciones? ¿Qué carros conducen: lujosas berlinas europeas, fastuosas camionetas 4 x 4 o los cacharros indios, chinos e iraníes destinados a ser comercializados entre el pueblo y los militares de bajo rango que ganan una miseria?

Podríamos agotar este espacio con una lista de preguntas cuyas respuestas puede fácilmente prefigurar el lector, porque tanto él como la sociedad entera ha constatado que el comportamiento de la cúpula roja rojita y de la boliburguesía parasitaria es notoria y públicamente inmoral, contraria a los preceptos que la revolución dice defender y opuesta a valores y principios enarbolados por el Che Guevara, por citar el más relevante ídolo del PSUV.

Con el populismo rojito aupado por Chávez y sus seguidores se propició el enriquecimiento desbordado de una panda de insaciables pillastres que hasta hace poco eran el grueso de ese bandidaje social desechado por los teóricos marxistas, pero que, por caprichos de la historia, logró engranarse en la maquinaria del poder para beneficiarse de ella.
 
La foto de “Pepe” Mujica sentado como un bolsa esperando turno puede ser, sin duda, algo demagógica pero a la vez tiene su lado ejemplarizante: nos recuerda que se puede ejercer el poder sin dejarse guiar por la arrogancia y, mucho menos, por el ansia de prosperar económicamente a costa del erario público.