• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Carnaval

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Los carnavales coinciden este 2013 con una temporada de la política que los precedió y prolongará inevitablemente en el tiempo. Están de moda los disfraces, las imposturas, la suplantación, y esto, obviamente, pertenece al mundo del Carnaval. No es el de Venecia, ni el de Río Janeiro, ni el venezolano de El Callao, de cuya autenticidad nadie puede dudar. Pero ciertos políticos o "presuntos políticos" llenan de desconfianza la escena. Este Carnaval no terminará el martes, aunque todos vayamos como unos corderos a que nos pongan la ceniza.

En el Gobierno se asume el Carnaval como un ejercicio de grandes proporciones estratégicas. Los ministros y gobernadores anuncian "operativos" de miles de funcionarios. Anuncian cientos de puestos de control. O sea, que el país todo estará resguardado, vigilado, y seguro. No obstante, los viajeros tropezarán con las adversidades de costumbre. El estado de las autopistas, abandonadas, llenas de huecos, pavimentos cuarteados. La oferta aérea limitada, los ferrys en pobres condiciones. Los precios por las nubes. Los hoteles turísticos ocupados desde hace tres años por los damnificados. Y en todas partes la sombra del delito y del crimen, como no se conoció nunca en Venezuela.

El Carnaval no será sólo lunes y martes. Comenzó temprano en el largo fin de semana, y no se calumnia a nadie si se advierte que unos cuantos empataron Navidades con carnestolendas.

Harán una discreta aproximación al trabajo para prepararse para la Semana Mayor. Desde el alto Gobierno se estimulan estas expresiones del viejo manguareo porque de tal manera la gente anda distraída y, si no se olvida de los problemas, prefiere convivir silenciosamente con ellos a fin de que no se les interrumpa el calendario del jolgorio nacional.

En todo esto podríamos encontrar respuestas al ausentismo laboral. No pocas industrias están en crisis porque sus trabajadores dejan de cumplir sus compromisos, simplemente desdeñan el trabajo, mientras apelan a otros métodos, por ejemplo, el de depender del Estado munificente y manirroto que los subsidia para que no sientan que tiene un compromiso con el país, y consigo mismos en el corto plazo porque lo que les cae de arriba es provisorio e inseguro. Un país, en suma, no se construye sin el esfuerzo concertado de todos. El Gobierno ve el ausentismo laboral con simpatía porque daña y debilita el empeño de producir del empresariado.

En el gran baile de máscaras no hay manera de pasar inadvertidos. Unos quieren presumir de cristianos devotos y viajan a La Habana como portadores de las vírgenes más populares de Venezuela. El bello gesto de la gente auténtica y sencilla para con el magistrado convaleciente lo interfieren los mensajeros que definitivamente no creen en lo que hacen. No se puede creer en Dios o en la Virgen de repente. Quienes no tienen piedad ni misericordia con el prójimo, ¿cómo van a ser emisarios de sentimientos tan puros?