• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Carnaval a juro

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“¡No lo voy a permitir, el Carnaval 2014 va y va y va!”. Tales gritos no salieron de la boca del rey momo en Río de Janeiro, sino del señor Maduro aquí en Caracas, quien está empeñado en celebrar las fiestas carnestolendas (como le gustaba decir a Aristóbulo cuando todavía no se había fumado una lumpia con el proceso) no porque en estos días, como es costumbre, la gente le guste disfrazarse, echar un pie y tomarse unas copas.

Nada de eso: el señor Maduro quiere obligarnos a estar alegres y celebrar el Carnaval porque le da su real gana, sin importarle un comino que durante estas semanas 16 venezolanos hayan perdido la vida por la violenta represión que la mal llamada Guardia Bolivariana del Pueblo, los agentes de la Policía Nacional Bolivariana y el Sebin, también bolivariano, han lanzado sobre los estudiantes, amas de casa, trabajadores e integrantes de la clase media.
Han reprimido al pueblo y a los estudiantes con una ferocidad y una cobardía inédita en Venezuela. Decimos ferocidad porque no parecen seres humanos rigurosamente entrenados en cuestiones de seguridad y mantenimiento del orden, sino perros rabiosos que tenían enjaulados y que, como sucede en las películas de Hollywood, los sueltan para que salgan tras un preso que se ha escapado de una prisión en medio de la noche.

¿Cómo transformó la revolución bolivariana a estos reclutas, suboficiales y oficiales (la gran mayoría de ellos de origen modesto) en verdaderos canallas capaces de golpear con sus cascos (a la vista de todo el mundo) a mujeres desarmadas, patearlas y arrastrarlas como si fueran fardos sin vida?

¿Qué clase de odio le inyectaron sus jefes a estos soldados para que se abalancen contra otros venezolanos y traten de despedazarlos y destruirlos como si fueran sanguinarios invasores llegados de otro país y no ciudadanos nacidos en la misma tierra, que transitan en las mismas calles, que hablan y comparten una misma lengua y una misma historia?

Ni siquiera cuando gobernaba el general Juan Vicente Gómez o el dictador Marcos Pérez Jiménez los uniformados perdieron su dignidad y se rebajaron a la categoría de verdugos vulgares y corrientes. ¿Qué va a pasar ahora con la Guardia del Pueblo, quién va a creer en ellos y volverá a mirarlos con el respeto que antes se merecían? Existen pocos venezolanos que no hayan presenciado o visto en la televisión o Internet los altísimos grados de brutalidad y ensañamiento que ha empleado la llamada, en mala hora, Guardia del Pueblo.
Pero no solo los venezolanos han sido testigos de estas escenas por demás violentas, brutales y propias de las escuadras fascistas europeas de la entre guerra. También el resto del mundo se ha visto estremecido no sólo por los métodos represivos empleados por Maduro sino por la manera como, frente a las cámaras, se torturó, se violaron los derechos humanos de los manifestantes y cómo presuntos escoltas del ministro de Justicia dispararon a matar contra la multitud que no estaba armada.

No es de extrañar entonces que, como bien trasmitió en un despacho la agencia Reuters, “la violencia llevó esta semana a que tanto el secretario general de las Naciones Unidas, Ban Ki-moon, como el papa Francisco instaran al fin de los enfrentamientos violentos y a un diálogo entre las partes”.

Recalca el despacho de Reuters que Ban Ki-moon pidió en un comunicado de las Naciones Unidas “gestos concretos de todas las partes para reducir la polarización” y “dar a conocer las diferencias y quejas pacíficamente y de acuerdo con la legalidad”.

Llegados a este punto y visto el grado de desprestigio del gobierno bolivariano, se entiende por qué Maduro no quiere que la OEA se ocupe de la situación de Venezuela. Ahora le ha pasado la papa caliente al canciller Jaua para que Unasur sirva de alcahueta y apague el fuego.