• Caracas (Venezuela)

Editorial

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El portaviones del chavismo sin su capitán a bordo se asemeja a un inmenso buque fantasma que, a duras penas, parece haber atracado (en los variados significados del término) en un puerto final sin destino posible. Como a los viejos barcos de guerra, lo único que le espera es el desguace, el desmantelamiento pieza por pieza y su venta como chatarra a cualquier precio a cualquier fundidor de metales viejos.

De alguna manera en la mente de los venezolanos, chavistas o demócratas, la imagen de ese portaviones reproduce en nuestras mentes el estado en que se encuentra la república bolivariana, otrora triunfadora y que hoy está, en lo que el lenguaje popular llama acertadamente, la carraplana. No existe otra palabra tan venezolana que describa con tanto acierto este entramado de corrupción, ineficiencia, el fomento de bandas de motorizados para dispararle a la gente pacífica y desarmada, la sumisión cortesana de la FAN y el desmantelamiento de las instituciones civiles

No hay otro motivo para esta ofensiva fascista que repartirse las migajas de la descomunal torta que ha heredado Maduro de su padre ideológico, que hasta hace poco comandaba la nave. Maduro parece dispuesto a dejar que el país se hunda, pues en el poco tiempo que lleva andando ha dejado en claro su incapacidad para ocuparse de los problemas más urgentes del país.

Para desviar la atención ante la grave crisis económica que nos afecta, Maduro busca aferrase a dogmas, frases hechas y lugares comunes que obedecen a la propaganda fascista y ofenden la inteligencia ciudadana para provocar el miedo y luego proceder a lanzar una ola de terror.

Pero es su propio miedo el que los paraliza ante la eventualidad de ser desplazados del poder y arrojados al basurero de la historia. Miedo a un liderazgo emergente, lúcido, crítico y capaz de entusiasmar a las mayorías, en contraste con la menguante capacidad de convocatoria del Presidente proclamado como tal, no obstante las razonables dudas generadas por el descarado sesgo oficialista del Poder Electoral.

Miedo, desconfianza y pusilanimidad que les induce a culpar a otros de sus errores y desatinos. Maduro, haciendo uso y abuso de las cadenas y apoyado en el descomunal aparato mediático oficialista, extravía su ya de por sí deshilvanado discurso para emplazar a los medios independientes a que elijan “entre el fascismo y la revolución bolivariana”. ¡Vaya majadería! Como si fascistas y bolivarianos no fuesen, en el peculiar caso venezolano, la misma cosa.

El domingo Diosdado dijo en el programa de JVR que miles de militantes de Capriles habían votado por Maduro. Es decir, que sin el apoyo de la oligarquía Nicolás hubiera perdido las elecciones. Menudo bruto que reconoce públicamente que ya son una minoría y que siguen en el poder gracias a Capriles.

A Chávez no lo amaban, le temían. Y bien lo decía Aristóteles: “Nadie ama al hombre al que le tiene miedo”.