• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Candidaturas familiares

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Las esposas de los alcaldes de San Cristóbal y San Diego, defenestrados y presos por el régimen, han sido llamadas por los partidos de la oposición para que compitan por las alcaldías que quedaron vacantes debido a la decisión. Las estimables señoras serán las abanderadas de las fuerzas democráticas, y las encargadas de restituir la legalidad en las jurisdicciones por cuya administración competirán. El caso amerita un largo comentario.

En primer lugar, conviene una referencia sobre la arbitraria medida del oficialismo contra los alcaldes destituidos. Se trata, como ya se dijo aquí, de una burla de la voluntad de los electores, de la negación de un conglomerado abrumador de votantes que optó libremente por esos alcaldes usando sus derechos como ciudadanos de la república.

Se trata de una situación capaz de provocar repulsas y protestas justificadas, frente a un abuso de autoridad y ante una decisión que no solo violenta la voluntad del soberano sino también las leyes electorales y la Constitución. Sobre eso no queda una duda, que no sea la referida a cómo no se luchó con el énfasis suficiente contra la arbitrariedad gubernamental cuando ocurrió la prisión y la destitución de los alcaldes legítimos.

Quizá hizo falta reacciones más vigorosas y resueltas frente al descarado abuso del poder central, pero no tiene sentido ahora lamentarse por lo que pudo haber sido y no fue. Es preferible reflexionar sobre lo que ahora sucede.

El gobierno ha obligado a una nueva elección en las dos jurisdicciones y la oposición no ha tenido más remedio que ajustarse a la exigencia. Una elección que no parece cuesta arriba, si se juzga por las ganas que tienen los votantes de impedir que el gobierno se salga otra vez con la suya, o por la decisión que ha tomado de no salirse del área familiar para presentar candidaturas.

Los responsables de la selección de las nuevas nominaciones consideraron que se trataba de un asunto de deshojar la margarita entre los habitantes de dos hogares, y escogieron a las consortes de los alcaldes defenestrados. Ya se ven los afiches que invitan a votar y convocan a una muestra de civismo en cuya cúspide se consagra, por así decirlo, la política y el matrimonio. De manera que las nupcias se imponen frente al ventajismo oficialista y contra los reiterados abusos del gobierno.

Pero, todo hay que decirlo, resulta evidente que estamos ante un método poco ortodoxo de escoger candidaturas. No faltará quien, tomando a guasa el asunto, invente por allí que los partidos se replegaron ante el sacramento del altar. Lo que Dios ata en el templo ni siquiera la política lo desata.

En Argentina conocemos el caso de la señora Cristina Fernández de Kirchner; en Perú, Nadine Heredia, esposa del presidente Humala, aspira a sucederlo. Recordemos que en Nicaragua, Violeta de Chamorro derrotó sorpresivamente a los sandinistas y que Hillary Clinton quiere seguir los pasos de Bill Clinton cuando Obama deje la Casa Blanca. 

Lo cierto es que en los hogares y en la política ahora parece que no funciona el divorcio. Aunque los partidos tienen la obligación de llegar a acuerdos para evitar fricciones y en este caso se hacía necesaria una escogencia urgente, no está de más que se mantenga la puerta abierta al método de las elecciones primarias que, como lo hemos comprobado, funciona bien para la oposición.

La situación del país requiere de la experiencia de sus líderes, de la pericia y la lucidez de los voceros de la oposición, de la familiaridad con las urgencias de la comunidad, del conocimiento cabal de los problemas locales y nacionales, del pellejo curtido en batallas anteriores. Si las consortes favorecidas por la oposición llenan tales requisitos, bienvenidas sean.