• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Cancilleres de visita

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Son, más que comprensibles, plenamente justificadas las reservas y el escepticismo ante la visita de la comisión de ministros de la Unasur que vino a Venezuela con un mandato que el gobierno consideró aceptable. El recelo es natural dada la pobre reacción de nuestros vecinos ante la escalada de la represión militar y paramilitar en Venezuela.

Esta desconfianza es un recurso de protección ante un régimen que ha incumplido la palabra empeñada en situaciones críticas, como en 2003 y 2013, sin que quienes debieron ser garantes internacionales del acuerdo hayan hecho reclamo alguno.

Conviene intentar un balance preliminar de lo que esa visita va dejando a la vista sobre la Unasur y sobre el gobierno de Maduro. Es de reconocer que la misión de la Unasur se distanció del libreto acordado al reunirse con voceros diferentes de los que el gobierno propuso. Pesó en ello la pública insistencia de los cancilleres de Colombia y Paraguay, así como otras más discretas de sus pares, para que el anfitrión accediera.

Ello les dio acceso directo a lo mucho que fue expuesto con documentación, franca preocupación y respeto por parte de la oposición política, de los estudiantes, empresarios, ONG de derechos humanos y diferentes credos religiosos, todos muy lejanos en su discurso del perfil golpista y fascista que de sus críticos y opositores hace el gobierno.

También fue mucho lo que los cancilleres tuvieron oportunidad de ver sobre la conducta del gobierno. El día de su llegada se difundía la noticia sobre la arbitraria “destitución” de la diputada María Corina Machado, sobre la apertura de los procesos para destituir a dos alcaldes opositores y de similares procedimientos contra otros de sus pares.

Mientras tanto, el presidente anunciaba la detención de tres generales e insistía en la tesis del golpe. Al día siguiente, dos voceros del oficialismo llamaban a la confrontación en actos públicos: “O ellos o nosotros”, dijo Aristóbulo Istúriz; a activar el “plan de resistencia” y prepararse para la batalla, llamó Freddy Bernal. Ese mismo día fue el acto del Alto Mando en apoyo al gobierno con consignas políticas negadoras de la institucionalidad. Y al día siguiente de la partida de la comisión de Unasur se aplicó una violenta fórmula “pacificadora” en San Cristóbal, Maracay y Maracaibo.

Más importante que lo recogido en el comunicado que los comisionados hicieron público antes de partir –tan borroso en su atribución de coincidencias y aspiraciones a todos los sectores con los que se reunieron– es lo que se ha venido leyendo en la conducta del gobierno, antes, durante y después de la visita. Y, hecho un preliminar balance de dichos y hechos, hasta ahora sigue habiendo mucho que lamentar y nada que celebrar.

En lo que concierne a los cancilleres de la Unasur, ojalá que lo que han escuchado y visto de cerca les inspire el mayor respeto y solidaridad hacia la aspiración de los venezolanos por una paz verdadera.