• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Caña militarizada

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Entre las privaciones más sentidas por quienes estamos siendo castigados en este infierno administrado sin la lucidez de Lucifer, pero sí con su diabólica crueldad, está la del azúcar utilizado en el café de las mañanas o en los teteros, atoles y compotas que las madres edulcoraban amorosamente a fin de que el niño consumiese suplementos indispensables para su equilibrada nutrición.

No hay azúcar refinada y comienzan a escasear la llamada “morena”, la panela  y el papelón que, a pesar de imprimir un ligero matiz tierra de Siena a la coloración de postres y bebidas, eran tenidos por aceptables sustitutos para hacerlos menos desabridos. Pero tampoco se consiguen y, cuando los hay, sus precios concitan indignación.

El responsable de tal carencia tiene o tenía nombres y apellidos: Hugo Rafael Chávez Frías, un teniente coronel de paracaidistas que aterrizó en Miraflores para amargar la vida a una masa convencida de que sarna con gusto no pica y si pica no mortifica.

Sí. Debemos a la insensatez del olímpico héroe de La Planicie el que no haya azúcar en un país que llegó a producir una muy apreciable porción de la demanda interna. Se sembraba caña. Se molía. Se refinaba; pero llegó el comandante y mandó a parar cuando, en el año 2000, se propuso “quebrarle el espinazo a los monopolios” y satisfacer reivindicaciones de un campesinado, según sus propias palabras, “cansado de masticar para que otros traguen”, peregrina metáfora para referirse a la industria azucarera.

Lo cierto es que en su afán confiscatorio, Chávez –que no sólo acaparaba propiedades, sino que administraba para nombrarlas una singular onomástica– cambió el nombre a la Central El Tocuyo por Pío Tamayo y ordenó la creación de la Corporación Venezolana Agrícola que, conjuntamente con Pequiven y Palmaven, filiales de Petróleos de Venezuela, y la asesoría de técnicos cubanos, expertos en incumplir las metas que en la isla les fijaba Fidel –azuquita, pa’ mí–, tomó el control de la casi totalidad del sector, de modo que el grueso de las centrales azucareras pasó a las ávidas y nunca conformes garras del gobierno rojo. Hoy, 16 años después de esa dulce hazaña, la producción se encuentra en su más bajo nivel histórico. Casi cero, se diría. No hay insumos ni divisas para importarlos.

En febrero pasado, un vocero de la Sociedad de Cañicultores del Occidente de Lara, el ingeniero agrónomo Edgard Contreras, señaló: “La situación es sumamente grave. De los 10 centrales del país que están en manos del Estado, ninguno está moliendo. El Pío Tamayo, en el municipio Morán del estado Lara, hace 10 meses paralizó totalmente la molienda y se dedicó a refinar azúcar cruda importada. El Central Carora cerró por falta de materia prima”.

Se dice que guerra avisada no mata soldados. No es el caso de Venezuela, donde el generalato que la gobierna no oye las campanadas y si llega a escucharlas no tiene idea de su procedencia. Antes no hubo quien prestara atención a los cañicultores. Ahora sólo queda el amargor que nos legó quien, “por razones estratégicas, se comió las golosinas”.