• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Campo de concentración

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Después de sucesivas largas, insólitos escarceos y extravagantes propuestas dirigidas a correr la arruga y escurrir el bulto, el Ejecutivo Nacional accede a cancelar parte de la deuda a 6 de las 24 aerolíneas que operan en el país, las más pequeñas y, por ello, las más afectadas por el incumplimiento gubernamental.

Al hacer el anuncio, vía Twitter, y prometer que en los venideros 6 meses el Estado saldará el total de lo que debe al resto de las compañías de aviación que, como es del dominio público, ronda los 4.000 millones de dólares, el ministro de economía, el general Rodolfo Marco Torre, reveló que, en lo adelante, los pasajes aéreos para rutas internacionales se cotizarán al tipo de cambio fijado por el Sistema Cambiario Alternativo de Divisas II, lo cual significa un aumento de hasta 350% en el costo de los boletos.

Como en la Rusia soviética y lo que durante la Guerra Fría se consideraban sus países satélites o, sin ir muy lejos, como en la Cuba castrista, en Venezuela se le está negando a la gente de modo cruel y nada sutil su derecho de desplazarse fuera del territorio nacional, pues al fijar tarifas inaccesibles para las mayorías, se nos están cortando las alas y, prácticamente, confinando en un campo de concentración: ni más ni menos que el sueño de Chávez hecho realidad por el sucesor.

Un gulag de nuevo cuño para amedrentar y escarmentar a la disidencia cuyas alambradas ideológicas son financiadas con dinero que pertenece a todos los venezolanos, el cual no solo es mal administrado sino derrochado irresponsablemente y a manos llenas por quienes han hecho suyo el tesoro nacional.

Aún nos negamos a creer que era aquí adonde buscaba conducirnos la imaginaria guerra económica librada por Maduro contra fantasmales enemigos como la oferta y la demanda, el mercado, la competencia o los modos de producción eficientes.

Lo inquietante es que no sabemos qué tienen en mente quienes propugnan un nuevo ordenamiento territorial y una nueva geometría del poder que ponga en manos de las comunas la vigilancia y el control de los ciudadanos, lo cual, en un coto cerrado como el que prefiguran los exorbitantes costos que tendríamos que desembolsar para trasladarnos al exterior por vía aérea, nos coloca a un paso de la grotesca experiencia cubana.

Nos rehusamos a pensar que la dogmática ceguera del liderazgo bolivariano obligue a los venezolanos a convertirse en balseros o polizontes que buscan burlar los controles fronterizos para escapar hacia una libertad que se les niega desde el momento mismo en que se toman medidas como la que ha dado pábulo a este comentario editorial.

Lo que sí quisiéramos imaginar es que, a la luz de disparates de este tipo, privará la racionalidad para que se le encienda el bombillo a algunos de los que se ocupan de la economía y las finanzas y traten de poner orden en ellas con eficientes criterios de modernidad, comenzando por sincerar el precio de la gasolina y el desmantelamiento del absurdo y arbitrario sistema cambiario en el que conviven cuatro tipos de cotización (lo que se presta a toda suerte de guisos, componendas, chanchullos y tráfico de influencias).

Pero, sobre todo, racionalizando el gasto público y cortando de raíz los subsidios, ayudas y prebendas otorgadas por razones geopolíticas a países insolventes en detrimento de la calidad de vida del venezolano medio.

Eso es lo que quisiéramos creer; y es lo que deberíamos esperar si rigiera la sensatez. Pero como es de esperar, esta gente que mal gobierna no admitirá nunca que podría estar andando por donde no deben; y, como también se sabe -y lo sostuvo Goethe- “Hay hombres que ni siquiera se equivocan, porque no se proponen nada razonable”.