• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Camionetas blindadas

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Durante los dos últimos años, han sido numerosas las oportunidades en que El Nacional ha debido dedicar su editorial a la cuestión del desabastecimiento. En la medida en que las carencias que dificultan la vida cotidiana de los venezolanos se han multiplicado, en este espacio se han sucedido distintas reflexiones sobre los asuntos que el desabastecimiento supone. Se ha hablado aquí de la infeliz estrategia económica que la ha hecho posible. De los abusivos controles que la han propiciado. De los padecimientos que lo que falta está produciendo en las familias de todo el país. Del horror que supone que hasta bienes esenciales para la vida, como los insumos para las prácticas quirúrgicas y los medicamentos para personas enfermas de cáncer, no estén disponibles en Venezuela.

La lista de lo que no hay, de lo que no se consigue, ni siquiera después de pasar días enteros en una cola, crece a diario. Entregar el tiempo personal a la espera, abandonar la actividad productiva para sumarse a una fila cuyo resultado es improbable, se ha vuelto parte de la existencia de las familias. Son cientos de miles las personas en todo el país que, día tras día, deben ausentarse de las aulas o de sus puestos de trabajo, o que deben dejar solos a sus pequeños hijos en casa, para pasar horas y horas en pos de las cosas más elementales para subsistir.

Como en Cuba: no hay vehículos ni repuestos disponibles para mantener el parque automotor en funcionamiento. El país se empobrece a grandes zancadas. Pero esto tiene una excepción: el parque automotor en manos de los poderosos del régimen. Las miles y miles de poderosas camionetas, blindadas y de vidrios ahumados, que son uno de los signos que hacen evidente la verdadera naturaleza del chavismo y del madurismo.

Desde esas camionetas blindadas, bajo el zumbido de los aires acondicionados, precedidos y escoltados por grupos de guardaespaldas que pavonean sus motos de alta cilindrada y sus armas de alto calibre, el país se mira y se siente de lejos. Esos vehículos son fortalezas rodantes. Desde adentro, no se escuchan los gritos de los torturados. El aire siniestro de las operaciones de violencia y degradación que protagonizan los grupos paramilitares dentro de la UCV, no se cuelan por las puertas blindadas. Cuando estos vehículos pasan a toda velocidad por delante de los automercados –especialmente por las sedes de la red del Bicentenario- los que hacen cola son invisibles. A los reyezuelos del régimen, que no conciben desplazarse en condiciones distintas al lujo blindado, no les conmueve, por ejemplo, que en Terrazas del Ávila y en la Zona Rental de la Plaza Venezuela, los que esperan deban hacerlo bajo el sol inclemente o la lluvia, aun cuando la cola podría hacerse dentro de las instalaciones, en condiciones menos hostiles.

La política del régimen de Maduro consiste en esto: que las personas se desgasten en colas sucesivas, en las peores condiciones. Que se entreguen a la incertidumbre de lo que no hay. Que pasen la noche en vela preguntándose si mañana podrán o no conseguir los medicamentos para atender una enfermedad. Que inviertan sus energías en recorrer farmacias, ventas de repuestos, librerías o ventas de comestibles, sin resultado alguno, como no sea la frustración y la exigencia de volver al día siguiente a la misma rutina. Porque de eso se trata: de humillar de forma sistemática. A la humillación de la cola para todo se corresponde la acción de desnudar, golpear, torturar a quienes se oponen al régimen. En su trasfondo, cola y tortura se corresponden a una misma lógica: degradar a ciudadano. Rebajar su dignidad. Hacerle sentir que no tiene otra alternativa que doblegarse al poder blindado de los siniestros que se desplazan en veloces camionetas blindadas.