• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Califato criollo

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Destaca entre las numerosas y graves noticias difundidas por los medios en los últimos días el desmedido crecimiento de grupos armados que, enmascarados con caretas ideológicas fundamentalistas, actúan en Cotiza, en la parroquia San José.

En número superior al centenar –alarmante cifra que revela cómo la impunidad hace crecer el crimen– estos “colectivos” delimitan sus territorios con sangre y ahítan sus fronteras con cadáveres, productos de una forma muy primitiva de hacer valer su supremacía, que se acerca mucho al modo empleado en el califato que pretende instaurar el Estado Islámico en Siria e Irak.

Es decir, de manera excluyente, suponiendo que quien no piense como ellos es un enemigo al que se debe borrar de la faz de la Tierra: en el caso islámico, para imponer un modelo de organización socio religioso de corte medieval; en el que nos ocupa, para hacer imperecedera, a fuerza de agresiones gratuitas y amedrentadoras, la figura de Chávez, quien siempre afirmó que la suya era una revolución pacífica “pero armada”.

Y, armados hasta los dientes, exhiben su prepotencia esos émulos de Pedro Navaja devenidos en guardianes de la revolución que, validos de tal condición, han logrado  desterrar a la policía de sus dominios, tal como se desprende de una información aparecida el pasado domingo en este diario, según la cual en lo que fue la Comandancia General de la Policía Metropolitana “funciona la ciudad socialista Frente 5 de Marzo que alberga damnificados y es el centro de operaciones de la organización homónima que agrupa a 100 colectivos de Caracas que desde hace 4 años mantienen el control del barrio”.

Para imponer su ley del revólver, “obligan a grupos de personas a que se peguen contra la pared con las manos arriba para quitarle carteras, celulares y otras cosas”, declaró a El Nacional un vecino. Como este, cientos pagan un  agobiante peaje material y emocional para subsistir al filo de la zozobra. La existencia de colectivos armados se extiende por todas las barriadas de la capital y las principales ciudades del país.

Los colectivos armados se crearon porque Chávez así lo dispuso; necesitaba un brazo armado que operase como fuerza disuasiva para contener protestas y disidencias. Maduro ha hecho uso de ellos, aunque no parece controlarlos, al menos es lo que podemos deducir de lo sucedido durante las manifestaciones estudiantiles de febrero, brutalmente reprimidas por estas pandillas rojas que, con el respaldo de la guardia nacional y la policía nacional (ambas deliberadamente en minúsculas), arremetieron contra los jóvenes que expresaban sus deseo de vivir en libertad.

La afirmación de esas patotas, que ya no necesitan de la oscuridad para delinquir, preocupa porque, de seguir creciendo en número, podría seducirles la idea de organizarse en remedo del califato propiciado por ISIS en el Medio Oriente, lo que además de convertirse en pesadilla para la revolución bolivariana, colocaría la República al borde de la guerra civil.