• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Cadáveres insepultos

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Sorpresa, incredulidad, indignación… pareciera no haber palabras para calificar las emociones que se derivan de sentir que descendemos en caída libre por un abismo cuyo fondo luce cercano, pero no alcanzamos a poner los pies sobre él. No tocaremos fondo todavía, pero, por los vientos que soplan, pareciera que se nos condena a pensar que cada día que trascurre es un paso más hacia un desenlace que nada bueno presagia.

Y es que a la inflación y a la escasez crónica de alimentos, debemos agregar el miedo a morir, no porque nuestro fallecimiento se produzca a manos del hampa -lo que es estadísticamente muy probable cuando la delincuencia hace de las suyas y se pasea impunemente como Pedro por su casa- sino por no recibir cristiana sepultura, pues la precariedad se aposenta, también, en las capillas fúnebres y los cementerios del país.

En Aragua, supimos de difuntos que aguardan semanas enteras en congeladores hasta que los familiares consiguen los insumos necesarios para ser debidamente enterrados. La administración del cementerio metropolitano no dispone de materiales indispensables para practicar inhumaciones en regla, por lo que a los deudos les toca llorar sus penas en la incertidumbre.

En Caracas y zonas aledañas no hay urnas suficientes para conducir a los interfectos a su última morada. Tampoco se cuenta con el espacio para un adecuado velatorio, lo que se traduce en un aumento significativo de cremaciones y fugaces adioses a quienes se despiden de esta vida.

Ante tan insólita situación, las apocalípticas imágenes de cadáveres insepultos y almacenados en lúgubres depósitos, que recuerdan terribles películas como La noche de los muertos vivientes, no desaparecen de la mente del venezolano, por el contrario, son cada vez más vívidas porque la muerte es lo único que abunda en el país.

El escritor mexicano Carlos Fuentes abominaba de la muerte y la maldecía porque “no nos mata a nosotros sino a los que amamos”. Una reflexión que nos ayuda a entender el pesar que nos invade cuando desaparece un ser querido, en especial si se trata de un infante, como sucedió en Maracay, donde los familiares de una niña debieron esperar pacientemente en la necrópolis a que aparecieran bloques y cemento para sellar la fosa.

El estado de abandono y la falta de mantenimiento en los camposantos, las pestilencias y calamidades que se amontonan para crear, más que un fúnebre entorno, una hórrida atmósfera capaz de aterrorizar al más racional de los seres humanos, deben agregarse a la lista de suplicios que la imprevisión y falta de sensibilidad de las autoridades han generado para que se convierta el deceso de un familiar no en el inevitable final de la vida, sino en ominoso motivo de tribulaciones suplementarias a un permanente estado de inestabilidad psíquica de los dolientes que, en algún momento, producirá estallidos de terribles e imprevisibles consecuencias. Y es que si no hay paz en los sepulcros, mucho menos puede haberla fuera de ellos.