• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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El CNE complaciente

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¿Qué decir de la reciente actuación del CNE, sin faltar a la verdad? Comunicó sin convicción suficiente los resultados de la contienda, cuyos números se han recibido, hasta ahora, sin mayores protestas, pero innumerables reclamos están en marcha y no tardarán en hacerse públicos.
La señora Lucena habló tarde y mal, con repetidas muestras de inseguridad que indican la necesidad de su próximo reemplazo. Ya los votantes, de múltiples formas y maneras, han hecho saber la duda general que su figura encarna electoralmente. Dado que, hasta ayer, ningún reproche se ha escuchado sobre los cómputos del voto municipal, eso no significa que el CNE haya aprobado el examen.
¿Cómo se llegó hasta esos resultados electorales que conoció tardíamente la ciudadanía? A través de una campaña caracterizada por los grandes abusos del gobierno. Gastos impresionantes de dinero para la publicidad de los nominados del oficialismo, sin que quedara clara la procedencia de los fondos. Intervención desenfrenada del Ejecutivo y de las autoridades regionales en beneficio de los postulados por el PSUV. Existencia de presuntos delitos de peculado de uso mediante la utilización de bienes del Estado para colocarlos al servicio de los pupilos de la revolución. Presiones constantes contra los empleados públicos, para torcer su voluntad. Creación, mediante decreto de obligatorio cumplimiento, de un Día de la Lealtad al Comandante Hugo Chávez, justo cuando sucedía el acto electoral.
Para finalizar, cuando los electores votaban, se vieron grandes movilizaciones de motorizados del oficialismo cuya función era amedrentar a los venezolanos para que votaran por los candidatos rojitos. Todo lo imprudente, lo torcido, lo delincuencial, lo vedado por la ley y los principios de la honestidad, fue llevado a cabo por los factores del poder sin ningún escollo.
¿Quién debía poner el escollo, porque lo manda la ley? El CNE, por supuesto, pero fueron tan gigantescos los desmanes que permitió sin siquiera pronunciar un susurro, que dio luz verde para que el gobierno perpetrase uno de los procesos electorales más sucios de la historia de Venezuela.
El CNE fue obediente a la hora de decir quien ganó y quien perdió en las regiones, pero escandalosamente negligente en la vigilancia del proceso que condujo a los resultados. Cerró el proceso con la lectura de unos números porque no le quedó más remedio, pero fue sordo, ciego, paralítico y complaciente ante la vagabundería oficialista que precedió a la lectura del escrutinio.
La oposición no ha dicho mayor cosa sobre el papel del CNE, pero se supone que reaccionará con severas críticas que conduzcan al urgente cambio de las autoridades electorales, como lo manda la Constitución.