• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Burla a los pensionados

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Si pensaran antes de abrir la boca y no la abrieran tan a menudo no pondrían tantos petardos y tan seguido. No aprenden de los errores ni de los aciertos, porque los primeros son tan frecuentes que forman parte de su normalidad; y los segundos, tan escasos que los consideran rarezas operativas o desviaciones ideológicas; por eso no es de extrañar que, una vez más, hayan dejado en la estacada a quienes parecieran ser objeto predilecto de sus despropósitos: los pensionados y jubilados del Instituto Venezolano de los Seguros Sociales.

No es la primera vez – y ojalá fuese la última, porque no es posible tanta humillación– que la tercera edad es víctima de una gestión tan ineficiente que, con un mes por delante para calcular y realizar los ajustes derivados del aumento de 30% del salario mínimo decretado por Maduro el pasado 1° de Mayo, Día del Trabajador, no sólo no canceló a tiempo la mensualidad de rigor, sino que tampoco hizo efectivo el pago del incremento previsto.

Una nueva decepción para la maltratada gente de la tercera edad. Otra en la extensa sucesión de desilusiones que, en razón de falsas promesas y ambiguos ofrecimientos por parte del Ejecutivo, han tenido que soportar, en el otoño de sus existencias, apenas cuentan con esas exiguas entradas para, a duras penas, tratar de sobrevivir. Chávez, por ejemplo, acostumbraba pregonar a finales de noviembre, y de forma alegremente ostentosa y deliberadamente confusa, la cancelación de tres meses de aguinaldo, pero los crédulos beneficiarios terminaban cobrando dos, con la consabida calentura y la sospecha de que entre el anuncio oficial y el pago de la bonificación algún vivián había llenado sus bolsillos a costilla de los viejitos.

En ese hablar para ofrecer sin ponderar las consecuencias y decir lo impensado o lo no se debe que ha caracterizado a los gobernantes bolivarianos, Maduro no se queda atrás. En su búsqueda de la legitimidad que se le cuestiona desde que llegó la presidencia, trató de congraciarse con los ahorristas y ordenó, sin estudios previos y sin consultar a los organismos y entidades involucradas, un aumento en las tasas de interés para las cuentas y cajas de ahorro. Una subida baladí porque el pretendiente desconocía – o se hacía el que no sabía – que, desde hace al menos tres años, ningún banco, incluyendo los del Estado, tiene entre sus productos instrumentos de ahorro alguno a disposición del público, de modo que el hipotético estímulo a nadie tentaba, pues la tasa de inflación casi lo cuadruplicaba.

Tanto Maduro como su antecesor y guía espiritual se llenaron la boca colocando el monto de las pensiones entre las más altas del continente. Calculaban mal intencionadamente la tasa de cambio, imputando al dólar el precio Cadivi y, así, trampear estadísticas y asombrar con afirmaciones falsas a una muy displicente y celestina audiencia internacional. Hoy, cuando todo el mundo sabe que hace mucho tiempo el bolívar dejó de valer, no ya medio y ni siquiera un centavo, el espejismo se ha desvanecido y la cruda e innegable verdad es que la asignación que reciben los pensionistas es una miseria que no llega a 45 dólares mensuales y que, con el postergado aumento, apenas roza los 58, una cantidad con la cual muy poco o nada se puede adquirir. No ha sido así y, una vez más, el segmento poblacional más vulnerable de la sociedad es agredido e irrespetado desde el poder. Porque el pago chucuto de la pensiones es una agresión, y una monumental falta de respeto a quienes durante años financiaron un retiro que ansiaban confortable, y no la incómoda y paciente espera a la que son sistemáticamente sometidos para ser burlados como han sido con este nuevo y abusivo petardo que ha puesto la administración pública.