• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Buche y plumas

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"Manuel Valls, primer ministro de Francia, ha injuriado a Venezuela", aulló Nicolás hace unos días. 

La rabia le viene porque el premier francés dirigió una escueta carta a Chúo Torrealba felicitando a la MUD por el rotundo, contundente y avasallador ­quedan adjetivos en consigna­ triunfo de la Unidad en las pasadas elecciones. 

Por lo visto, este gran triunfo sumió a los jerarcas rojos en un estado de ánimo que oscila entre el temblequeo de piernas y el frenesí histérico, poniendo en evidencia la bipolaridad de un régimen que ve el mundo en blanco y negro y lo divide entre buenos y malos, revolucionarios y contrarrevolucionarios, socialistas y capitalistas, reeditando la cartografía ideológica de la Guerra Fría. 

¿De cuándo acá congratular al vencedor supone un insulto para el perdedor? Pues desde que estos primitivos oficiantes de la antipolítica, con la sensibilidad a flor de su piel rojita, se adueñaron del poder, y se las arreglaron para sojuzgar al pueblo bajo la jefatura de un charlatán que nos prometió el cielo y terminó legándonos el infierno. 

¿De cuándo acá expresar preocupación por el futuro de nuestro país es un acto injerencista? Desde que al muerto y derrotado le dio por ver por doquier, tal un bolero, "fantasmas en la noche de trasluz", como cuando rechazó la ayuda de Estados Unidos en ocasión del deslave de Vargas, barruntando que detrás de esa oferta estaban la CIA y sus agencias de seguridad, incluyendo la que el régimen más teme, la DEA. 

Ahora, cuando Valls ha manifestado su contento por el respiro democrático de una nación por cuyo errático manejo deriva hacia el fondeadero de los gobiernos forajidos, Nicolás está que se lo come vivo. 

Emplaza al gobierno de Francia para ganar los aplausos de sus focas y desconocer la voluntad de las mayorías. Antes de las elecciones no le funcionaron los desplantes patrioteros frente a Guyana y Colombia y, ahora, no tendría por qué rendirle beneficios su inexcusable reacción ante una carta de Manuel Valls que, por cierto, no está dirigida a él. 

Las fanfarronadas de Nicolás son equiparables a las de Idi Amín, aquel dictador ugandés que sin tener con qué desafiaba a todo el mundo y, al igual que nuestro mandón, libró su "guerra económica"; una singular conflagración que le sirvió para justificar la confiscación de 85 empresas británicas y planear, sin concretar, delirantes ataques a Israel "usando paracaidistas, bombarderos y escuadrones suicidas". 

Esta faramalla de nada le sirvió cuando comandos de Israel se apersonaron en el aeropuerto de Entebbe para liberar a los rehenes secuestrados, en un avión de Air France, por integrantes del Frente Popular para la Liberación de Palestina. 

Igualito de buche y plumas está resultando en sus lastimeros esfuerzos por parecer un hombre de Estado quien ha hecho de la manía persecutoria el soporte de su demencial política exterior. No, Nicolás, Valls no te ha humillado ni ofendido, ni a ti ni al país; ha elogiado, sí, la democrática sensatez del pueblo venezolano.