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EDITORIAL

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Brasil y el brusco naufragio

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Este lunes en el diario La Nación, de Argentina, el politólogo Andrés Malamud, profesor de la Universidad de Lisboa, contaba que el año pasado un colega de Sao Paulo le había pedido que explicase el extraño contraste entre Argentina y Brasil, tomando en cuenta que en ambos países había “una alta percepción de corrupción y gente contando dinero”.

Seguidamente, su amigo le preguntaba lo siguiente: “¿A qué se debía que Brasil tuviera empresarios presos y madurara el juicio político a Dilma mientras que en Argentina todavía no?” Desde luego era una pregunta clave no sólo para brasileños y argentinos, sino para millones de ciudadanos latinoamericanos que habían sido engañados sistemáticamente por las promesas populistas y las mentiras bolivarianas.

De hecho, la gran fiesta del socialismo del siglo XXI y su correspondiente, el Foro de Sao Paulo, agonizaba en medio de grandes escándalos de corrupción y de repetidos y sistémáticos asaltos al tesoro público. Los héroes de la izquierda radical devinieron, año tras año, en vulgares ladrones de los dineros y las ilusiones del pueblo.

En su artículo, Malamud advierte que “la corrupción es opaca pero, sobre todo, aburrida. La relación entre dinero y política en ningún lado está bien regulada. Por eso un multimillonario subnormal puede llegar a presidente de Estados Unidos, por eso Helmut Kohl, el prócer de la reunificación alemana, debió devolver millones que había recibido para la campaña. Y por eso el italiano Bettino Craxi murió en el exilio africano”.

Son ejemplos que repican y mortifican los sueños de los nuevos bandoleros de la revolución, hoy de capa caída, y que pronostican los inevitables castigos que recibirán por sus crímenes y sus desafueros a lo largo del tiempo en que fueron los cabecillas del pillaje, una condición que hoy inevitablemente los coloca no solo en el banquillo de los acusados sino en tránsito hacia una bien merecida celda carcelaria.

Es claro que esta nueva vuelta de tuerca exige un replanteamiento teórico que nos permita, haciendo la respectiva autopsia, demoler y liquidar definitivamente estos adefesios populistas que corrompen y obstaculizan la renovación del pensamiento crítico y, para mayor desgracia, lo esclavizan y encadenan a un miserable proyecto personal, vaciándolo así de todo contenido social y político.

Dice Malamud que “la corrupción es ubicua: todo el mundo roba pero hace. Hasta que alguien roba de más o se olvida de hacer”.

En el Brasil de Lula y Dilma los olvidos resultaron fatales, al punto que luego del paso por el poder de este par de pillines las esperanzas populares están heridas de muerte.

Se olvidaron de crecer, dice Malamud, y una “condición necesaria para que la corrupción caiga mal es la crisis económica. Lo que la opinión pública condena es, antes que el fracaso, la estafa”. Además especifica que “las caídas presidenciales emanan de conflictos con el Congreso. Hoy el PT tiene 58 diputados sobre 513 y 11 senadores sobre 81: sin sus aliados no es nada”. ¡Ay!