• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Besos a papá Stalin

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La historia no es que tienda a repetirse, como eructaba copas más, copas menos, el viejito Karl Marx. Y tampoco es que lo haga de forma más grotesca. Lo grave es que no termina en una caricatura que se desdibuja porque pasa de las hábiles manos del maestro a las del torpe aprendiz. Nada de eso. Lo perverso de la historia es hacer de la coincidencia el hilo y la esencia de la crueldad ejercida contra los seres humanos.

Aquel 16 de marzo de 1954 (acaso hoy, por qué no y en menor medida, Caracas 8 y 9 de mayo de 2014) unos 8.000 sobrevivientes, hombres y mujeres, se rebelaron y tomaron el control del campo de concentración Kengir. El escritor
Alexander Solzhenitsin recogió en su obra El archipiélago Gulag el motín y dejó para la memoria del mundo páginas insólitas de la barbarie de los militares y policías comunistas contra aquellos valientes que decidieron escoger entre la muerte y la libertad.

Luego del derrumbe de la Unión Soviética, los historiadores tuvieron acceso a centenares de documentos que revelaron la autenticidad de la masacre de Kengir. Las autoridades policiales y militares (¡qué coincidencia, los militares matando civiles desarmados!) tardaron en controlar la rebelión y apenas el 25 de julio de ese año (¡otra coincidencia con los estudiantes, mi general!) las fuerzas represivas lograron derrumbar las barricadas que esta pobre gente había logrado levantar haciendo acopio sudoroso de barro, piedra y arena.

A la medianoche los héroes policiales y militares lanzaron luces bengalas para que iluminaran a los que iban a morir y no desperdiciar municiones. No faltaron las ráfagas de ametralladoras y luego aparecieron los tanques. Qué humillación y qué cobardía esa exhibición de fuerza tan innecesaria y tan brutal.

El asalto “fue filmado por las cámaras de la policía: filas de mujeres ucranianas, ataviadas con los vestidos bordados que usaban para ir a la iglesia, se tomaron de los brazos y avanzaron con la cabeza en alto, creyendo que así podían detener el asalto. Pero los tanques se limitaron a acelerar, pasando por sobre sus cuerpos. Después, las tropas empezaron a disparar. La matanza comenzó a las tres de la mañana y continuó durante cinco horas. (…) Cuando cesaron los disparos un agente de la policía secreta colocó cuchillos en las manos de los muertos para que el fotógrafo tomara imágenes de aquellos gángsteres”.

Como es obligatorio al final de las películas en Hollywood, debemos decir claramente que cualquier lejano y remoto parecido con la realidad de los ocurrido en los últimos meses en Caracas, Maracaibo, Valencia, Barquisimeto, Barinas, Puerto Ordaz, Porlamar, Puertos La Cruz, Mérida, Maracay y en la heroica ciudad de San Cristóbal es simple y pura casualidad. Acaso coincidencia, más nada. ¿Qué otra cosa puede ser?

Solo una mente perversa es capaz de señalar a nuestros heroicos guardias nacionales y los menos heroicos miembros de la Policía Nacional Bolivariana, así como a los cariñosos y juguetones muchachos del Sebin, y ni se diga de los colectivos que están armados nadie sabe por quién, como personas capaces de agredir a mujeres y jóvenes estudiantes, a madres desesperadas en busca de sus hijos ni mucho menos a periodistas, camarógrafos y dirigentes políticos.

No nos queda sino aplaudir con entusiasmo y respeto al comandante de la Guardia Nacional Bolivariana, el mayor Justo Noguera Pietri; al director de la Policía Nacional Bolivariana, el general Pérez Urdaneta; al comandante del Regional número 5, el general Quevedo; el general Lugo del Alto Mando de la Guardia Nacional, y los oficiales que participaron en la madrugada en el “despeje pacífico” de la zona este de Caracas.

Coincidencias que identifican. La historia, ese fastidio de la memoria.