• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Batalla desigual

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El nombre del general Joaquín Crespo está asociado a las grandes batallas de la Guerra Federal, que le dieron fama de valiente, pero hoy se vinculan con una escaramuza vergonzosa que ocurrió en un concurrido lugar que lleva su nombre: Quinta Crespo. El sitio que conocemos por el apellido del héroe federal, pese a que ahora es el centro de las actividades pacíficas de la mercadería, fue testigo de una invasión armada que no se veía desde los tiempos de la batalla de Santa Inés.

En efecto, un regimiento de la GNB, armado hasta los dientes, sitió la plaza y arremetió contra el ejército enemigo. Se llenaron de gloria los valientes adalides. Su triunfo fue colosal y los enemigos quedaron reducidos a su mínima expresión. La hazaña merece un arco de triunfo, algo parecido al monumento cercano a Miraflores que hace memoria de los fastos bélicos del siglo XIX.

Pero, ¿quién fue ahora el enemigo? Las huestes sorprendidas y conducidas a la derrota estaban formadas por los comerciantes del lugar, en su mayoría hombres de mediana o pequeña fortuna, desprovistos de armamento y todos distinguidos por la tranquilidad de sus hábitos. Contra ellos se llevó a cabo la campaña, que hoy forma parte de los hechos heroicos de la revolución roja-rojita. Como estamos ante un triunfo refulgente, se merecen harta celebridad los oficiales que dirigieron la Batalla de Quinta Crespo.

Los resultados del hecho bélico son dignos de encomio. Se llevaron las mercancías almacenadas por los propietarios de los negocios, después de acusarlos de acaparamiento. Rompieron los candados de los establecimientos y forzaron las rejas de protección de unos cuarenta depósitos para sustraer comestibles de diversa procedencia que, según los derrotados del nefasto día, tenían sus papeles en regla. Nada de lo sustraído por la GNB era susceptible de la castrense arremetida, porque estaba sustentado en documentos que avalaban la seriedad de su adquisición y su inmediato expendio al público, pero los nuevos adalides de una guerra federal de comiquita procedieron al decomiso después de amenazar con cárcel a sus legítimos propietarios.

Si existe una “guerra económica”, de acuerdo con la tesis del régimen, la ciudad presenció uno de sus capítulos estelares. Si hay enemigos que conspiran con sus arteras armas contra la felicidad de la población, según pregonan los héroes del gobierno, los vimos perdiendo sus propiedades y sus derechos en el deplorable suceso de Quinta Crespo. Si había que propinar al enemigo una reprimenda aleccionadora, el alto gobierno se ufana de haberla llevado a cabo en la invasión de un mercado de menudeo habitado por gente trabajadora y tesonera que mucho ha aliviado, todos los días, las necesidades de los usuarios.

¿Qué dirá el general Crespo desde su tumba de esta lamentable simulación guerrera contra una parte fundamental de la ciudadanía? Seguramente se llenará de vergüenza, la misma que siente la mayoría de los venezolanos ante una afrenta tan desigual y tan indigna.