• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Aviso anticipado

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Cuando se especula que la más alta autoridad comicial del país estuvo buscando la manera de adquirir una casa propiedad de un ya fallecido embajador de la repudiada cuarta república, empezamos a sospechar que el ascenso social es una variable que debe influir de modo decisorio en su comportamiento y explicaría, sin justificarlo, su adhesión incondicional a las directrices de quien tiene la sartén por el mango, en nuestro caso, el jefe civil aparente del régimen escarlata y verde oliva. Si a esa aspiración a residir, si no en una palaciega mansión del Country Club, al menos en una señorial quinta en la Alta Florida, se le añade el resentimiento de quien acosado por la enfermedad procura castigar a quien no tiene culpa de su mal, pero es considerado obstáculo para sus pretensiones y, por tanto, acérrimo enemigo al que se debe combatir en todos los terrenos y con todos los recurso disponibles, comenzamos a entender por qué la conducta del Consejo Nacional Electoral no es rectilínea – y ni siquiera zigzagueante – sino insolentemente retorcida.

Demostración ejemplar de ese esquinado comportamiento lo constituyen las más recientes declaraciones de la rectora máxima según las cuales “no hay entidades internacionales que puedan garantizar la transparencia de las parlamentarias del 6 de diciembre porque es un proceso netamente venezolano”. Es decir, que aquí se inventó la pólvora y que el sufragio, cuyo origen se remonta a la democracia ateniense, vendría a ser vernácula creación… ¿de quién? Nada dice al respecto; en lo que sí abunda es en despropósitos para descalificar a los ex mandatarios latinoamericanos: “Estos ex presidentes –Jorge Quiroga (Bolivia), Andrés Pastrana (Colombia), Laura Chinchilla (Costa Rica), Ricardo Lagos (Chile), Felipe Calderón (México), Alejandro Toledo (Perú) y Luis Alberto Lacalle (Uruguay) – son unos ignorantes en materia electoral venezolana”. De acuerdo con tal aseveración esos señores fueron seleccionados por sus conciudadanos con métodos, sistemas y procedimientos radicalmente distintos a los utilizados en el patio, lo que, de ser cierto, suscita aún más recelos.

“A mí no me hace mella que vengan a decirme unos ex presidentes u otros países si garantizan o no las elecciones porque es la gente, los electores y las organizaciones políticas quienes aceptan o no los resultados electorales”, afirma con manifiesta soberbia la señora Tibisay. Cabe preguntarse, pues, si por electores se refiere a los camisas rojas y por organizaciones políticas al PSUV. Y si esto no fuese suficiente para alimentar un expediente probatorio de sus inclinación a la zurda – que no a la izquierda –, se atreve con esta guinda para la torta: “Un grupúsculo de personas busca arrebatar el poder político que no obtiene por la vía democrática… hay que estar atentos ante el desconocimiento de resultados”. Suena esto a anticipado aviso de guerra para no matar soldados.

Muy a su pesar, es muy posible que una nueva mayoría gestione el próximo Parlamento. Entonces llegará su fin la prestidigitación de Tibisay.