• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Atraco por cabello

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Que haya delincuentes dedicados a atracar en las calles con el objetivo es hacerse de largas y profusas cabelleras, no es una más, entre las numerosas, terribles e insólitas noticias que el apogeo de la delincuencia nos depara a diario. No es semejante al robo de una cartera, un par de zapatos o un teléfono móvil.

En principio, esta noticia no debería banalizarse. Ni debería minimizarse lo que ella significa, ni mucho menos consolarnos porque las cosas han podido ser mucho peores. Este tipo de atraco, además del humillante procedimiento que experimenta la víctima, es un acto que vulnera la integridad del cuerpo despojado. El cabello no es un accesorio. Es un componente esencial del cuerpo humano, como cualquier otro. Cortarlo a la fuerza revela una ferocidad necesariamente temible. Y que la cabellera vuelva a crecer no disminuye ni repara el daño físico y psicológico causado. Se trata de una experiencia esencialmente vejatoria.

En Venezuela todavía se somete a los niños al horror de los castigos corporales. Hechos simplemente abominables, cometidos por adultos en contra de los cuerpos de bebés indefensos, perturban la vida de familias y comunidades en todas las regiones de Venezuela. Lejos de ser un fenómeno excepcional, informes recientes señalan que la violencia de género continúa siendo una espantosa realidad para mujeres y familias de todos los sectores socio-económicos, sin excepción. La idea de que algo ha fracasado con respecto a este tema en Venezuela no se limita a las campañas que los medios de comunicación realizan con el objetivo de incidir en la prevención de este flagelo. También a la educación, en la escuela y en el seno de las propias familias, alcanza esta angustiosa interrogante de qué hacer para evitar que las mujeres sigan siendo golpeadas y asesinadas por sus parejas.

Pero esta violencia en contra del cuerpo no se ejerce solo en contra del cuerpo ajeno. También sobre el propio cuerpo. La cantidad de casos denunciados en los últimos cuatro años de personas que han sido víctimas de operaciones y procedimientos quirúrgicos con fines estéticos, es simplemente alarmante. El deseo de las personas de imponer al propio cuerpo cánones corporales distintos a los propios las lleva a ponerse en manos de sujetos sin calificación ninguna, que los estafan y, con frecuencia, colocan sus vidas en riesgo.

Hay una violencia en contra del propio cuerpo, en el deseo de alterarlo, de impostarlo, de darle una forma distinta a la original. El fenómeno de intervenir el cuerpo para cambiar su configuración se ha “naturalizado”. Lo mismo ocurre con el comercio de “pelucas naturales” que, además de un adefesio lingüístico (puesto que si se trata de una peluca no puede ser natural), deja entrever que hay personas dispuestas a pagar mucho dinero por uno de estos artefactos, lo que genera esta indeseable violencia que consiste en atracar por cabello.