• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Atmósfera de sospechas

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Si usted lee “La renuncia”, famoso poema de Andrés Eloy Blanco, se puede meter en problemas. No hacemos ahora un chiste fácil porque falten temas para escribir sobre los asuntos del día, abundantes por demás, sino para alertar sobre las amenazas que se ciernen sobre cualquiera que asuma conductas chocantes para el régimen.

Alguien lo puede involucrar con propósitos tenebrosos, a través de los cuales se busque por caminos torcidos la salida de Nicolás Maduro. Renuncia es renuncia, puede argumentar la Fiscalía, especialmente aquella que pueda tener relación con el cargo del primer mandatario. En consecuencia, puede usted dar con sus huesos en la cárcel. Las leyes y las costumbres permiten que usted solicite la renuncia del jefe del Estado porque le parece conveniente, pero ahora el capricho y la interpretación tendenciosa de cualquier tipo de procederes están por encima de las regulaciones y del sentido común.

No es broma, aunque lo parece si partimos de la consideración del vicepresidente Arreaza sobre supuestos conciliábulos de las estrellas de Hollywood con el objeto de planificar un golpe de Estado. Resulta que esos glamorosos actores no estaban pendientes del Oscar, sino de tumbar a Maduro. Resulta que la alfombra roja era apenas un subterfugio de galanura para ocultar propósitos inconfesables, según el segundo de a bordo. Si llegamos al extremo de anunciar este tipo de despropósitos, todo puede esperarse a la hora de fabricar pretextos con el objeto de liquidar el derecho de pensar diferente.

No es broma, porque así sucede en otros regímenes de vocación autocrática, como Cuba, en los cuales hay que pensar bien, por ejemplo, antes de ponerse a saludar a los amigos. La parquedad o la efusión de los encuentros con los prójimos de confianza son motivos suficientes para caer en el tremedal de las sospechas, y de allí pasar a las penurias de la ergástula. ¿Por qué este fulano fue tan afectuoso con mengano? ¿Viste como apenas miró a zutano y ahora se aleja de su compañía? Mejor averiguamos, dicen los sabuesos, para que comience un calvario de insólitas consecuencias para quienes han cometido el error de estrechar la mano de la persona equivocada.

Si ya la revolución está “interpretando” el discurso de Leopoldo López para encontrar palabras que jamás pronunció e intenciones que no pasaron por su cabeza; si ya ven conspiraciones en las lentejuelas de la industria del cine, falta poco para que sea usted aprehendido por la autoridad debido a su afición por las lecturas insinuantes, por los versos de doble sentido, por los anzuelos de la literatura tras los cuales se disfraza un plan para el derrocamiento del régimen. No es broma, respetado lector, piense bien antes de recitar las pegajosas estrofas de “La renuncia”.

Stalin veía en amigos y compañeros de batalla a enemigos que había que liquidar antes de que atentaran contra él, aunque no hubiera la menor intención de parte de ellos de atreverse a semejante locura. El pensamiento era un delito.

En Cuba ha pasado lo mismo, al punto de que aquellos que no se afanan lo suficiente a la hora de rendir pleitesía a los hermanos Castro pasan a la categoría de “posibles enemigos”, no porque se comporten mal, sino porque pueden llegar a empezar a pensar mal del sistema castrista.

Incluso dicen algunos, y quizás no les faltan razón, que al general Ochoa, héroe de la guerra de Angola, lo fusilaron simplemente para dar prueba a los gringos de que Cuba no admitía el narcotráfico. Pero Estados Unidos con sus satélites tenía suficientes pruebas de que el espacio aéreo cubano era cruzado libremente por los cárteles de Colombia y México. El general Ochoa pensó mal. Descanse en paz.