• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Armado hasta los dientes

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El presidente Maduro no deja de hablarnos de amor. Es como un trovador colocado al pie de la ventana de la patria manifestado el afecto que le prodiga. No solo es un enamorado a título personal, sino como producto de los dictados del socialismo del siglo XXI y del legado del comandante muerto, de acuerdo con lo que repite a menudo.
 
Los boleros de antaño y las baladas de ogaño se quedan cortos, cuando el jefe del estado nos arrulla con sus cuitas o nos invita a una infinita luna de miel. Pero quizá no convence a la pretendida, ni a la familia de la pretendida, no en balde se desgañita más de la cuenta en la repetición del romancero de sus encadenadas serenatas.

¿Por qué debe insistir en la declaración de sus afectos, y en la machaca de sus cuitas? Por la curiosa ofrenda en la cual pretende avalar su papel de amador impenitente. Los enamorados mandan flores, o escriben versos cursilones, o regalan simbólicos anillos, pero Maduro prefiere decirle a su esquiva dama que la confesión de sus sentimientos queda garantizada en las copiosas adquisiciones de armamento que hace para su resguardo.

Como te quiero, hablo con los perros de la guerra para garantizar tu paz por la que muero. Como me desvelo por tu tranquilidad, no veo escopeta, o misil o bomba lacrimógena que no traiga a mi casa, que es la tuya, para que nadie estorbe la evolución de un edificante idilio.

Pero a ese tipo de romances no le faltan enemigos. A Cupido le sobran los envidiosos. Así, por ejemplo, Rafael Uzcátegui, presidente de Provea, quien indica que el amador no se arma hasta los dientes para resguardo de la ansiada dama sino para evitar que se enamore de otro, o simplemente para buscar una compañía menos fastidiosa y menos amenazante que la ofrecida por el insistente galán.

El amador busca, según el vocero de la ONG, que la patria supuestamente amada no se mueva ni para respirar, ni hable con gentes que no sean sus celestinos, ni salga a la calle cuando le parezca, a menos que lo haga con una vigilante chaperona.

Uzcátegui habla de un amor militarizado. Dice que el ministerio correspondiente a este tipo de amor, que es el Ministerio de la Defensa, subió este año su presupuesto a la cantidad de 35 millardos de bolívares, por encima de 36 organismos y despachos que deben atender prioridades que de veras incumben al bienestar.

Aún el Ministerio de Asuntos Indígenas, esa oficina de reciente cuño que se inspira en una indiecita de lo más hermosa a quien se pintaba al lado de Bolívar en los tiempos de la Gran Colombia, tan frágil y tan hermosa, tan digna de cuidados, ella también ha quedado con la caja quebrada mientras se favorece al amor militarizado.

Tanto importa ese tipo de amor, que el presidente Maduro ha multiplicado los acuerdos con Rusia y con China para la adquisición de misiles, aviones de caza, vehículos blindados, tanques de combate, artefactos lanzallamas, unidades de artillería y elementos para el combate de motines. Insólito amor, cuando la amada no está amotinada.