• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Aniversario fatídico

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El 18 de febrero de 2014, Leopoldo López se entregó a las autoridades. Hoy se cumplen dos años de este histórico suceso, sin que podamos encontrar un
solo motivo digno de respeto para explicar las razones de la sevicia gigantesca que desde entonces se puso en marcha frente a un dirigente político que decidió confiar en el imperio de la ley y, mucho más, en la rectitud de quienes le llevaron con su anuencia a la cárcel. Hoy, por lo tanto, manifestamos de nuevo la solidaridad de El Nacional con el político injustamente condenado, y el repudio de sus carceleros.

El proceso contra López se caracterizó por la "subjetividad judicial", deacuerdo con las palabras de Luis Almagro, secretario general de la OEA.

Acudimos a su voz, debido al cargo que con dignidad ejerce y, en especial, a los trabajos que ha desarrollado en su carrera de hombre público en favor de
los derechos humanos.Su palabra no es banderiza, no está comprometida con facciones ni favorece los intereses de grupos de poder. Sus escritos no se han dirigido al ataque de un gobierno en particular, sino solo a clamar ante una injusticia sin vergüenza ni argumentos. De allí su trascendencia y su respetabilidad.

"Subjetividad judicial" es el hecho de que la juez y los fiscales hicieron lo que les vino en gana con un proceso orientado por la política del régimen, manejar a su antojo las inexistentes evidencias para convertirlas en verdad incontrovertible, torcer testimonios hasta conducirlos a la meta ordenada por el gobierno de Nicolás Maduro. La entrega de Leopoldo López, que hoy conmemoramos con tristeza e indignación, condujo a uno de los procesos más tenebrosos de la historia judicial venezolana. Lo que pudo ser el comienzo de un suceso esperanzador, de un capítulo llamado a provocar rectificaciones de importancia, terminó en burla insolente.

Un joven que pretende dar lecciones de integridad personal y de confianza ncívica cuando se presenta ante los representantes de la legalidad en quienes
quiere depositar su confianza con el acompañamiento de una multitud, fue burlado en términos redondos. Pero también fueron burlados los manifestantes
que lo acompañaron en el acto de la entrega, miles de ciudadanos, y después todos los que nos enteramos de los ardides que se tejieron para condenarlo
sin atenerse a los principios más elementales de las regulaciones vigentes y de la simple decencia que debe respetarse de acuerdo con los mandatos de la
convivencia civilizada. Si se agregan las penalidades que López ha pasado en la prisión militar de Ramo Verde, y la persecución de sus familiares,
quedamos perplejos ante el cuadro dantesco que desfila frente a nuestros ojos.

Hace ya dos años, el 18 de febrero de 2014, fuimos testigos de un gesto individual digno de respeto, que obligó a los representantes del gobierno a mostrarse en toda su crudeza como figuras del mal y de la injusticia, como criaturas indignas del poder que ostentan. Cuando evoca el comienzo de su tragedia, El Nacional, mientras da cuenta de la trascendencia del hecho, reitera su reconocimiento y su apoyo a Leopoldo López, a su familia y a quienes hoy siguen luchado por su libertad.