• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Alianza que divide

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El desarrollo y la declaración final de la cumbre de la Alianza Bolivariana en Guayaquil constituyen preocupante evidencia de las ambiciones de gobiernos que siguen alentando la polarización interior desde su política exterior.

Sin Chávez y con menos recursos venezolanos para repartir se ha querido demostrar la persistencia del grupo que nació como alianza bilateral en La Habana hace ocho años. Se alentaron en ella las obsesiones castristas ante el “enemigo imperial”, muy útiles para justificar la represión interior. De aquellos tiempos fue también la tesis del mandatario venezolano sobre la división de América Latina en un eje bolivariano y un eje “monroísta”, constituido este último por las naciones con costas al Pacífico cuyos gobiernos habían suscrito o estaban negociando tratados de libre comercio con Estados Unidos y otros países del mundo.

Mucho cambió en casi dos lustros. Se complicaron las circunstancias económicas mundiales y proliferaron tratados de libre comercio entre tirios y troyanos. En esos trances, se diferenciaron regionalmente modelos económicos más y menos proteccionistas, menos y más exportadores de manufacturas; pero también se produjeron acercamientos que respetaron la diversidad económica y política. En ese espíritu nacieron la Unión Suramericana de Naciones y, hace menos de dos años, la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños.

Ahora, desde la Alba se retorna al tono beligerante que ahoga las consideraciones democráticas y divide al vecindario entre antiimperialistas y neoliberales. Y para responder a esa división se ha propuesto una “zona económica complementaria y solidaria” que, conjugando la Alba, el Mercosur y Petrocaribe, se consolide frente a la Alianza del Pacífico.

Es difícil concebir la articulación entre una alianza en parte antiliberal y en parte oportunista, una unión aduanera estancada y un programa de cooperación energética –sostenido con recursos venezolanos en merma– que en nombre de la solidaridad cultiva la dependencia.

Pero aun si tal mezcla fuese aceptable en el Mercosur y se echara a andar, ¿cuál es su modelo?, ¿será la relación de solidaridad y complementación desarrollada entre Venezuela y Cuba?, ¿su éxito se mide por el estado actual de la economía cubana o la venezolana? Y, entre nos, ¿cuánto seguirá costando a los venezolanos, en endeudamiento, corrupción, empobrecimiento y pérdida de libertad?

Son por supuesto muy diferentes, por prometedoras y diversificadas, las perspectivas económicas de México, Colombia, Perú y Chile, los cuatro miembros fundadores de la Alianza del Pacífico.

En estos mismos días, desde Guayaquil, el propio Rafael Correa habló de la disposición ecuatoriana a sumarse a esa alianza “en condiciones flexibles”. Pero las oportunidades que están a la vista para buena parte del vecindario no lo están para nosotros: el Gobierno de Venezuela acentúa su beligerancia, insiste en silenciar la disidencia y nos endeuda para disfrutar del margen de maniobra que compra afuera con la complementación y la solidaridad.