• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Afrodescendiente Primero

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Empeñados en interpretar los hechos como hubiesen querido que ocurriesen, para así poder reescribir el pasado a su manera y sustentar con una epopeya de utilería su razón –o sin razón– de ser, el socialismo bolivariano y su enfermedad infantil, el nicochavismo, han improvisado homenajes a héroes más o menos legendarios o imaginarios mediante actos que, en cualquier país serio, serían considerados faltas de respeto a la memoria nacional.

El 8 de diciembre de 2001, Hugo Chávez presidió, en el Panteón Nacional, una ceremonia que pretendía solemne –con voluntarios semidesnudos fingiendo ser aborígenes– que terminó siendo una mamarrachada para trasladar “simbólicamente” los restos del cacique Guaicaipuro a ese recinto, un acto estrechamente ligado a manipulaciones electoreras para hacerse con cuatro diputaciones que no se oirían, pero que servirían al levantar la mano.

Siguiendo el ejemplo, a la cúpula gobernante le dio por trasladar a esa última morada de próceres los despojos simbólicos de Pedro Camejo, el Negro Primero, un supuesto teniente (¿oficial negro en un ejército de blancos del siglo XIX?, difícil de tragar esa píldora) del que se tuvo noticias gracias a Páez, quien además de talante guerrero tenía talento para la música y la escritura, de modo que tal vez el combatiente afrovenezolano haya sido una metáfora del León de Payara para ennoblecer la negritud que, hasta 1854, estuvo sujeta al régimen esclavista.

Luego, el epítome de la cursilería patriotera, Eduardo Blanco, se encargaría de adornar el pastel con aquello de “Mi general, vengo a decirle adiós porque estoy muerto”.

No faltaron tambores sanjuaneros en la peculiar y también simbólica inhumación de Camejo que eclipsó desfiles, paradas, ejercicios militares y exhibiciones pirotécnicas, y que fue el número estelar en la programación del Día del Ejército, día en el que se nos recuerda cómo las huestes libertadoras (con apoyo británico) derrotaron, en el campo de Carabobo, a las tropas realistas en una confrontación fugaz en la que hubo menos muertos y heridos de los que se contabilizan en nuestras carreteras durante una temporada vacacional.

Al menos es lo que se deduce de los partes de Bolívar “mesmo” y del ministro de Guerra y Marina de la República de Colombia, Pedro Briceño Méndez. Tampoco faltaron improperios e insultos de parte del políticamente incorrecto parlamentario mayor quien, en el salón elíptico, descalificó a la oposición por negarse a participar en actos que terminaron siendo excluyentes y racistas en sentido inverso: la designación de Aristóbulo Istúriz, como orador de orden, y la presencia de Danny Glover como moro de lujo corroboran nuestro aserto.

Esas manipulaciones populistas buscan fomentar un odio de clase con fundamentos raciales, ajeno a un país cuyo mestizaje le distingue como uno de los más igualitarios de la región. Aquí la marginalidad no ha sido producto de arraigados prejuicios étnicos, como en Cuba, Brasil o Perú, sino de ancestrales desequilibrios económicos.