• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Aerocolitas petroleras

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Formar parte de la plana mayor de Petróleos de Venezuela comporta ciertos privilegios que nadie en su sano juicio cuestiona; pero extender esas prerrogativas a familiares y amigos es, sencilla y llanamente, peculado de uso.

También lo es confundir la gimnasia con la magnesia y hacer pasar travesías de placer por viajes de negocios, a fin de disfrutar de aeronaves, barcos y otras unidades de transporte que Pdvsa destina a simplificar el traslado de sus funcionarios cuando se les encomiendan diligencias específicas.

Resulta, pues, un escándalo mayúsculo poner, con fines recreativos, la flota petrolera a disposición tanto de los altos cargos de la estatal de hidrocarburos, cuanto de personeros del partido rojo y hasta de jefecillos de colectivos armados, tal como se desprende de un reportaje aparecido el martes 16 de diciembre en este diario.

Y no se trata sólo del goce ilícito de bienes del Estado, sino también de la contratación y arrendamiento, a costos verdaderamente obscenos, de equipos privados, propiedad, por lo general, de empresas vinculadas al arrendatario o al contratante.

Una manera de cobrar y darse los vueltos que, por lo visto, es práctica habitual en los organismos oficiales. Y, cuando leemos los informes publicados por este diario, imaginamos que quienes se benefician de estas prácticas deben creer que viven en la Isla de la Fantasía y que, por ello, pueden disponer cuando les plazca de las facilidades dispuestas para imprimir agilidad a la gerencia y no para dar rienda suelta a la voluptuosidad, hedonismo y echonería de enchufados sin escrúpulos.

Es posible, aunque es poco probable, que el señor Maduro no esté enterado de esos dolos. Concedámosle el beneficio de la duda; pero resulta inverosímil que no sepa que por lo menos dos aparatos del parque de Pdvsa sean utilizados, casi en exclusividad y con harta frecuencia, por dirigentes del PSUV. Tampoco es creíble que el mencionado señor ignore el episodio protagonizado, en Brasil, por uno de sus más cercanos colaboradores y que hizo del conocimiento público la desvergonzada historia de las “aerocolitas” con niñera incluida.

Estamos frente al más hipócrita de los gobiernos posibles. Su discurso anticorrupción, sus decretos y organismos para combatirla son apenas efectos especiales y cortinas de humo para contener la indignación que produce saber cómo se malversan millones de dólares en gastos suntuarios, mientras se es avaro con la provisión  proveer de medicinas e insumos a los hospitales; y esa corrupción, que surca los cielos nacionales e internacionales y aterriza en fincas o sobrevuela mansiones del sur de Estados Unidos, financiadas con dinero no muy limpio que digamos, esa corrupción de altura se cohonesta con marchas y manifestaciones contra una supuesta injerencia imperial en los asuntos nacionales, a fin de exonerar a perpetradores de delitos de cuello blanco, contra los cuales pende una espada de Damocles desenvainada por el Congreso estadounidense.

Duele la podredumbre que corroe al estamento público; pero más duele la impunidad estimulada por la regencia cívico militar, a objeto de sustanciar expedientes para, mediante el chantaje, abortar esquinazos y prevenir sorpresas.