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Pedro Llorens

A ese hay que echarle de comer aparte

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Cuando el futuro Corazón de mi Patria llegó con sus tanques a Miraflores, donde se le enfrió el guarapo y fue a refugiarse al Museo Militar, sin que le dieran tiempo de lanzar su proclama (luego se confesaría admirador de Perón y de Pérez Jiménez), tuvo el visto bueno de Rafael Caldera (y se dijo que en sus alforjas traía el nombre de Arturo Uslar Pietri) antes de ser conquistado por Fidel, experto en chulería, que lo convenció de que para perpetuarse en el poder, sólo hay dos caminos: la extrema izquierda y la extrema derecha, y este último ya lo había agotado.

El "caballo" Fidel dio en el clavo, probablemente sin haber leído Derecha e Izquierda de Norberto Bobbio (Corazón de mi Patria ni idea), y sin el menor respeto por la palabra "igualdad", que en opinión del filósofo italiano establece las diferencia entre las cuatro principales posiciones políticas (igualdad con autoritarismo en la extrema izquierda, igualdad con libertad en la centro izquierda, igualdad sin liberalismo en la centro derecha y antiigualitarismo y antiliberalismo en la extrema derecha), y no le fue difícil apoderarse de la mente del militar simplón y estimular sus ansias de gloria a cambio de tutela.

Los herederos de Corazón de mi Patria, Bigotón y Ojitos, cogieron su pedazo de poder y lo defienden a zarpazo limpio, pero sotto voce claro, salvo cuando uno se le atraviesa al otro y se hace evidente el empeño de cada uno por aparecer más radical -en realidad, más malandro- que el otro, con evidente ventaja para el Ojitos, con cara de asesino en serie (a lo Anthony Hopkins en el papel de Hanibal Lexter) y más amargado que el culo de un pepino.

Bigotón no asusta a nadie, y hay quienes le creen más tonto que la tía Joaquina, que no sabe si mea o si se orina, pero olvidan que la termocefalea contraída en La Habana presenta peligrosos brotes demagógicos cada vez que escucha al famoso pajarito. Si algo se le puede reconocer a Corazón de mi Patria es que fue auténtico, aunque su autenticidad -la de un psicótico maníaco depresivo- haya sido determinante en el saqueo y la hipoteca del país, y hay que reprocharle al Bigotón su condición de polivalente indocumentado (no está preparado para ningún tema) y su imposibilidad de ser auténtico (el conciliador de antes sale a retar al prójimo a pesar de su muy escasa pegada).

En su papel de patriotero insufrible y energúmeno amenazador, no deja otro remedio que echarle de comer aparte, bien lejos, mientras deciden qué hacer con él.