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Natalia Springer

La dura elección de Petro

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De que el poder es una enfermedad que solo cura la muerte dan testimonio los políticos colombianos, todos tan iracundamente convencidos de ser los primeros y los últimos, presidenciables, próximos receptores del Nobel y conocedores del secreto de la paz. Esa es la Colombia que adora a  los mesías sordos e insensatos, que mide a sus políticos por el atractivo y no por la capacidad, negada para pensar en la política como la oportunidad para escucharnos y dialogar entre nosotros todos, sin fórmulas mágicas y sin matarnos.

Sin embargo, lo de esta semana no deja de sorprender. Pasaba por la plaza la noche del miércoles cuando Petro salió al palco a responderle al presidente Santos. Enfurecido, hablaba de que se había consumado un golpe de Estado y llamaba a una asamblea nacional constituyente (¿entenderá esta como el último remedio jurídico para resolver su caso?). Pero lo que más inquieta es que declaró a Santos traidor de su causa (¿déjà vu?) y cuestionó su legitimidad para liderar el proceso de paz.

Aunque no es la misma posición, la coyuntura lo sitúa del lado de Uribe, alianza de oportunidad que constituye un riesgo muy alto a pocos meses de las elecciones y en el meridiano de un proceso de paz que aún no ha alcanzado el punto de no retorno. Tener a Petro dedicado ahora sí de tiempo completo a hacerle oposición a Santos no es cosa despreciable, tratándose de un político de sus quilates, pero, ¿disparándole a la paz solo para cobrarle a Santos la osadía de haber defendido el orden institucional?

Petro optó por la estrategia equivocada, una que ha terminado por restarle tiempo y posibilidades ciertas de defender sus derechos y de evitar su muerte política. La tutelatón no era la vía, se lo advirtió el Consejo de Estado, que, incluso, le señalo el camino. Tampoco lo era la Comisión Interamericana. Petro eligió el espectacular camino del recurso ante la CIDH para convencerla de que era un perseguido del poder, cuando en realidad Petro era gobierno, y a él accedió con todas las garantías y como un reconocimiento del electorado del magnífico trabajo que hizo desde el Congreso.

Petro no es un perseguido del poder que él mismo representa y olvidó que, pese a estar ocupando el segundo cargo de elección popular más importante del país, también tiene límites y ni siquiera él está por encima de la ley, y allí no puede invocar su pasado, ni su compromiso con la democracia, ni su talante de izquierda. Es cierto, constituye una paradoja inaceptable que se lo castigue con más severidad que a quienes denunció por consumar el robo de la ciudad, pero, de nuevo, tenía y tiene opciones si presenta la solicitud de suspensión provisional de la decisión del Procurador como medida cautelar de la acción de nulidad. Lo que no puede hacer es colapsar el sistema de justicia y, sin agotar sus recursos, acusarlo de corrupto por no fallar en su favor.

Petro no puede perder el norte de una carrera brillante aceptando compartir la cama con sus enemigos. Tendrá que elegir entre la defensa de los valores que toda la vida ha representado y el oportunismo del poder. Es ahora, en esta circunstancia desafortunada, cuando conoceremos el verdadero rostro de Gustavo Petro. ¿Es realmente un demócrata de izquierda comprometido con la igualdad y con la paz, o es otro caudillo, que sacrificaría todo para mantenerse en el poder? Aliándose con los enemigos de la paz, esos que él denunció y que ayudó a llevar a juicio, los orquestadores de la gran contrarreforma agraria que se gestó en medio de la guerra y se consumó en el gobierno de la paz paramilitar, traicionaría aquello por lo que ha trabajado toda su vida. Esa, sin duda, sería su muerte política.