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Daniel Lansberg Rodríguez

Los duendes que acabaron con el régimen

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Al comenzar un nuevo año se percibe que el chavismo, objetivamente, jamás ha estado más débil que ahorita. De la riqueza, la popularidad y el carisma que anteriormente le hacia inexpugnable ya no queda un bledo. Sin embargo, la oposición venezolana sigue dividida y deprimida, tras los repetidos fracasos de sus métodos típicos. Las protestas, las campañas electorales, la búsqueda de apoyo internacional, incluso hasta las “guarimbas” se han intentado, solo para terminar siempre en fracaso. Sin embargo, quizá podría existir una nuevo truco para el manual de juegos opositor: una estrategia que logró maravillas hace no mucho tiempo y en circunstancias bastante parecidas a las nuestras…

Imagínense, mis queridos lectores, un venezolano cualquiera que –al tropezarse con una de las máquinas de tiempo experimentales (¡y secretas!) de Juan Barreto– resulta transportado a la Polonia de los ochenta del siglo pasado. Nuestro compatriota se hubiera sentido en su casa. Un gobierno nacional, teoréticamente basado en un potente idealismo de oportunidades universales e igualdad entre las clases, se había degenerado totalmente por su ineficiencia, miopía política y corrupción, convirtiéndose en una monstruosidad. Incapaces de competir mediante la fuerza de sus ideas y resultados, se dedicaban a silenciar a sus críticos de la prensa, encarcelaban a líderes opositores, y vilificaban a cualquiera que pensara diferente diciéndoles imperialistas, oligarcas o espías. La inflación y la escasez eran terribles, tanto que hasta los sindicatos de trabajadores –previamente leales partidarios del experimento marxista– se habían vuelto hostiles al régimen, generando huelgas constantes y  productividad por el piso.

El régimen, corto tanto de legitimidad como de dinero –las dádivas de la madre Rusia habían desaparecido con el colapso del precio internacional del crudo– reaccionaban con violencia estatal para cualquier provocación, y frecuentemente suspendían las garantías constitucionales.

Fue cuando aparecieron los duendes que todo comenzó a cambiar. El primero materializó de manera misteriosa en 1982 un garabato naranjado, en un callejón de la ciudad de Wroclaw. Nadie sabía qué significaban las figuras, y por eso no se consideraba prioridad borrarlas como hacían con los mensajes políticos. En poco tiempo los duendes se habían vuelto ubicuos, y aparecían hasta en las grandes ciudades como Cracovia, Varsovia y Gdansk. Los que pintaban los duendes eran los miembros de un nuevo movimiento juvenil que se autodenominaba la “Alternativa Naranja”.

La Alternativa Naranja buscaba acabar la opresión política y promover cambio gubernamental, metas opositoras normales, pero operaban a través de tácticas radicalmente diferentes a las que el régimen ya conocía y que sabía neutralizar. Sin enfrentarse directamente con el Estado, sin apasionados discursos políticos, sin marchas de carácter político, y hasta sin líderes reconocibles, comenzaron a hacer sentir su presencia.

La primera instancia fue durante una prolongada escasez de papel higiénico; miembros de la Alternativa Naranja aparecieron por la ciudad regalando pequeñas cantidades de las codiciadas hojas, tocándolas con una teatralidad exagerada como si fueran joyas. Si les preguntaban dónde lo habían comprado, decían que lo habían buscado en la tintorería y no sabían dónde se vendía. Ese espectáculo surrealista llamó plenamente la atención, pero de manera graciosa, a la escasez que vivían, pero que era peligroso admitir a voz alta. El gobierno no podía castigar a los muchachos sin admitir públicamente que regalar papel toilette era una burla… y que existía un problema del cual burlarse.

A las manifestaciones de la Alternativa Naranjada les decían “acontecimientos”, ya que aún no existía un verbo para lo que estaban haciendo. (En la década de los noventa, científicos políticos le inventarían un calificativo: “frivolidad táctica”). Nunca expresaban demandas coherentes, ¿para qué? si el gobierno jamás se había dejado llevar por eso, y además contaban con hegemonía mediática suficiente para distorsionar cualquier pedido y presentarlo como una traición. Al contrario, durante discursos y hasta cuando los detenían las autoridades, los jóvenes hablaban solo incoherencias, o fingían exhibir una lealtad exagerada hacia al régimen.

Una vez, durante una marcha oficialista, cuando el gobierno celebraba que sus partidarios votaran “sí” en un referendo nacional –votos que de todos modos se contarían de manera fraudulenta– la Alternativa Naranja apareció del otro lado de la calle vestidos de gnomos y con la lema “Vota sí, ¡dos veces!”. En otra ocasión, unos 200 jóvenes se reunieron en un zoológico de la capital para cantarles en coro himnos estalinistas a los animales enjaulados (sobre todo, los chimpancés). Enormes masas de personas podían aparecer, sin preaviso ni explicación, sentadas silenciosamente y con las piernas cruzadas, en espacios públicos, disfrazados de Santa Claus, y el gobierno tenía que decidir si arrestarlos (lo que produciría fotos ridículas y humillantes) o dejarlos en paz.

En 1988, cuando el sistema ya estaba a punto de colapsar, un gran “acontecimiento” por la calle llevó a las autoridades a llamar a la guardia nacional para que dispersaran a la Alternativa Naranja. Cuando llegaron los guardias había un gran letrero: “Cada miliciano es una obra de arte”, y la manada pretendió ser una multitud de críticos respetuosos, tomando notas e inspeccionando los “méritos artísticos” de cada soldado.

El movimiento de humor surrealista en Polonia, junto con el famoso sindicato Solidaridad, fue la punta de la lanza popular que finalmente terminó con los experimentos fallidos marxistas de Europa. Con sus espectáculos y sátiras teatrales en masa, destacaban las ridiculeces de sus gobernantes, la escasez rampante, el propagandismo, los cultos de personalidad, las teorías de conspiración, esos escollos típicos de los sistemas marxistas.

En Venezuela, cada día este gobierno hace el ridículo, pero no le importa. Tienen cero interés en lo que puedan pensar sus detractores o la comunidad internacional. Por más que sean ridículos, no se sienten ridículos, y eso tiene que cambiar. Tal vez la solución sería una “Alternativa Tricolor”. El día que el régimen tenga que mandar a la Guardia Nacional para arrestar 2.000 princesas Disney en plaza Venezuela, algún día eso cambiaría, y sentirían por fin la profunda vergüenza que les toca.

Nuestros gobernantes quieren que les tengamos miedo, y les sabe a casabe si los odiamos o no: con solo 22% de apoyo a la presidencia no han cambiado rumbo. Pero si lográramos exponerlos, frustrarlos, con el mismo nivel de payasadas ridículas que todos nos hemos calado por década y media, a lo mínimo sería catártico. Tal vez eso no cambiaría nada, pero para los polacos fue plenamente decisivo. Para nosotros podría ser lo mismo, ¿por qué no?