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Mauricio Vargas

La duda presidencial

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Desde hace más de año y medio, cuando el presidente Juan Manuel Santos inició negociaciones con las FARC en La Habana, he sostenido que, a pesar de los riesgos, el primer mandatario tomó la decisión correcta. Tras una década de derrotas militares, que incluyeron la muerte de “Alfonso Cano” en combate, de “Reyes” y de “Jojoy”, en bombardeos, y de “Tirofijo”, de puro susto ante los ataques aéreos, los comandantes de las FARC estaban dispuestos, por primera vez en sus 50 años de historia criminal, a dejar la guerra.

Por eso valía la pena el intento que, tras 18 meses de negociaciones, ha conseguido acuerdos parciales y un poco etéreos en materia agraria y de reforma política. Pero más allá de su validez y de sus avances, es evidente que el proceso se ha desgastado. Planteado por Santos, en un principio con una duración de poco más de un año, se ha extendido más de la cuenta, hasta el punto de enredarse con la campaña presidencial.

Una campaña que ha pillado a Santos en medio de frecuentes ataques de inseguridad. Poco queda del determinado ministro de Hacienda del gobierno de Andrés Pastrana, o del arrojado ministro de Defensa de tiempos de Álvaro Uribe, como si el peso de lidiar a diario con el país hubiera llenado de vacilaciones al otrora decidido dirigente.

La última de sus dudas la confesó Santos en entrevista con La FM, la semana pasada. “Más o menos sabemos dónde está “Timochenko”, dijo el jefe del Estado. Agregó que, sin embargo, “a estas alturas del proceso de La Habana, lo pensaría dos veces” antes de ordenar su baja.

La confesión presidencial plantea varios problemas. El primero es que viola una norma elemental de la guerra –y la guerra con las FARC continúa–: si sabes dónde está tu enemigo, no le digas que lo sabes porque se moverá de ese sitio. El segundo es un asunto de liderazgo: un presidente tiene derecho a ser asaltado por una duda, pero debe resolverla en privado, en vez de comunicarla con ingenuidad de colegial. El hombre que los electores escogieron para dirigir a un país –aún más si les está pidiendo que lo reelijan para un segundo mandato– debe comunicar certezas, firmeza de pensamiento y acción, y la clara convicción de que sabe para dónde va. No dudas, pues, entre otras, esas dudas ayudan al desgaste de la mesa de La Habana.

Pero ya que el presidente tuvo a bien transmitirnos sus titubeos, resulta tentador ayudar a resolverlos. Al acordar el inicio de las conversaciones de La Habana, las FARC y el Gobierno decidieron negociar en medio del conflicto. Las FARC así lo han entendido y por esa razón no cesan sus emboscadas a soldados y policías –a algunos de los cuales los asesinan a garrote–, ni sus ataques demenciales a la población civil.

El gobierno, en justicia, también ha mantenido a las Fuerzas Armadas a la ofensiva. Como consecuencia, y a pesar de que con sus feroces ataques en Cauca, Nariño y otras regiones pretenden demostrar lo contrario, las FARC están hoy más débiles que cuando arrancaron los trabajos de la mesa de La Habana. Más comandantes han caído, más tropa ha sido dada de baja o ha desertado.

De modo que la duda del primer mandatario carece de justificación: si tiene en la mira a “Timochenko”, máximo jefe de esa guerrilla, debe ordenar su captura o, en caso dado, su eliminación. ¿Acaso a las FARC les tiembla el pulso a la hora de asaltar poblaciones y matar civiles? ¿Acaso hesitan a la hora de asesinar policías y soldados? También puede ocurrir que el Presidente sepa algo que los demás ignoramos, y eso justifique que no ataque a “Timochenko”. En ese caso, Santos debe abstenerse de dar la orden. Pero también debe abstenerse de comunicarlo, caramba, y más bien guardarse la anécdota para el día en que, ya retirado, escriba sus memorias.