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Atanasio Alegre

La duda, ¿un arma con silenciador?

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Quien elige, duda. Y lo hace, tanto antes como después de realizada la elección, ya que lo rechazado no era tal vez descartable. Sin olvidar que elegir es elegir entre contrarios: ¿Me voy o me quedo, creo lo que me están contando o no? La duda forma parte de la existencia humana y viene a ser una suerte de escalón que es necesario subir para evitar fracasos.

Cuando, a contracorriente de los tiempos, se planteó la duda de si la autoridad tenía carácter divino, ese simple planteamiento abrió las puertas al Renacimiento dando por liquidada la Edad Media. Se avanzó un paso más cuando René Descartes se sirvió de la duda –la duda metódica, en todo caso– para poner la piedra sobre la cual sustentar las ideas claras y distintas.

(Pero hagamos algo, si el lector prefiere no seguir leyendo, voy a decirle ahora en lugar de  hacerlo al final de esta nota, cuál es el propósito de haberla escrito: estamos a un paso de volver a las verdades empíricas –aquello de si no lo veo, no lo creo, como en el  más crudo oscurantismo– en el caso de que llegáramos a perder la guerra psicológica planteada con la duda como arma. Un arma silenciosa, que no produce estruendo, con silenciador, en suma).

En estos días se han reunido, tanto en Múnich como en Minsk, con derivaciones hacia Washington y Canadá, representantes de la UE con delegados rusos para tratar de evitar una escalada para que la guerra en Ucrania entre separatistas, apoyados por Rusia, y los nacionalistas adquiera la dimensión de un conflicto mundial. Pues bien, al margen de lo que se logre en estas reuniones, se da el caso de que se ha podido constatar cuál ha sido el desarrollo de la guerra de la duda, con la intención de generar el máximo posible de inseguridad entre quienes necesitan información sobre el asunto. ¿Fue un misil ruso disparado por los separatistas ucranianos el que derribó el avión malasio sin dejar rastro mientras atravesaba el espacio ucraniano, o fue la CIA para llamar la atención sobre la gravedad del conflicto valiéndose de unos centenares de cadáveres? Nueva duda: ¿Los acontecimientos de la Plaza Maidam, que coparon la prensa mundial, fueron realmente de la oposición ucraniana o los hilos fueron movidos más bien por los países que conforman la OTAN?

¿Es Putin, tal como ha llegado a las agencias de noticias, víctima del síndrome de Asperger y por tanto un individuo peligroso como puede serlo quien investido de mucho poder va por la vida con una personalidad escindida por el autismo?

¿Hay alguna duda de quién ganó la Guerra Fría? Pues, el ministro de Asuntos Exteriores rusos –con el mismo rostro de hormigón armado de sus antecesores en el cargo– acaba de pronunciar en la reunión entre Occidente y el Oriente esta peregrina afirmación: “Occidente ha vivido constantemente en la idea de que fueron ellos quienes ganaron la Guerra Fría”. Se inaugura de esta manera una nueva narrativa perversa, como las de antaño, de modo que, en referencia al caso, la culpa de lo que está pasando en Ucrania no la tienen los rusos, sino los occidentales.

El manejo de la duda como un arma de guerra responde naturalmente a una metodología. Es la creada a partir de la transmisión de las informaciones a través de las redes.

Por otra parte, nunca la sociedad había dispuesto de un flujo de información de ida y vuelta como la que hoy fluye por las redes.

Claro que el problema no es el cúmulo de información o, dicho en otras palabras, la capacidad de asimilarla. El problema es el sofisma. El sofisma es desde el tiempo de los griegos –de los presocráticos– una proposición con toda la apariencia de verdad, pero que es totalmente falsa. El sofisma más o menos edulcorado, más o menos inofensivo ha anidado desde antiguo en la publicidad, en la capacidad de hacer creer que algo es bueno y en consecuencia hay que reaccionar de manera favorable hacia ello. Este es un asunto que ha venido a formar parte de la sal de la tierra y de la gracia del vendedor, un profesional que no suele salir a la calle hoy día sin que haya pasado previamente por un entrenamiento al que pomposamente se le conoce en el argot como “clínicas de ventas”.

Generar incertidumbre a través de la duda es políticamente uno de los pilares sobre los que se sostienen los regímenes autocráticos en el mundo. Las cosas ocurren en este orden: primero, la duda; luego, la incertidumbre; después, el sofisma en forma de argumento y naturalmente, como producto final, la determinación a la acción. Así es como fue liquidado el bipartidismo que, una vez desaparecido, tanto echan de menos los espíritus sensatos.

La guerra de la duda está en marcha. Alguna de las universidades de avanzada –sí es que no existe ya– no tardará en anunciar entre sus titulaciones el manejo y el contramanejo de esta guerra de la duda, facilitado por alguno de esos máster de posgrado, tanto para el mundo de los negocios como para el de los acontecimientos políticos.

Dejo al lector como una pieza clásica a resolver el siguiente sofisma: O llueve o no llueve; es así que no llueve, luego… llueve.

atanasio9@gmail.com