• Caracas (Venezuela)

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Ignacio Ávalos

No hay dólares para viajar al futuro

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I.

Sobran las evidencias: el desempeño de las sociedades actuales depende en grado creciente de la capacidad para preparar a su gente y crear sistemas para acceder, guardar, procesar y usar informaciones y conocimientos. En suma, se encuentra marcado, en lo positivo y lo negativo, por un conjunto de innovaciones tecno-científicas de enorme impacto en todos los planos de la vida colectiva (político, social, económico, cultural, deportivo), que suscita preocupaciones muy relevantes desde el punto de vista filosófico, ético, jurídico, con las que aún sabemos lidiar.

Ya se habla de la aparición de la “sociedad transhumana”, lo que da cierta razón a Aldous Huxley y a sus colegas. En este sentido, no resulta extraño que hace pocos años la NASA se dedicara a analizar al menos 40.000 obras de ciencia ficción, buscando tema para sus próximas investigaciones. Alguien dijo, así pues, que el octavo día de la Creación es responsabilidad del hombre, y entre los investigadores se estima que, dentro de poco, la naturaleza será un “producto manufacturado”. En pocas palabras, se alude a la intervención interna y directa sobre nuestra propia naturaleza a través, por ejemplo, de la modificación del ADN o de la reconfiguración del cerebro, a fin de mejorar las capacidades, tanto físicas como mentales, de las personas, “liberando a la especie de sus limitaciones biológicas”. De esta forma, se daría inicio a una nueva etapa histórica, en la que el ser humano tomaría el control de su propia evolución.

Así las cosas, y como ejemplo de que la cosa va en serio, en el deporte de alta competencia las autoridades esperan que en los próximos juegos olímpicos, apenas dentro de dos años, deberán encarar el dopaje genético, mientras que, en el horizonte más o menos cercano, seguirá estando esbozada la posibilidad de un evento en el que competirán atletas “ciborgizados”.

 

II.

Pienso en lo anterior cuando me entero de que el gobierno ha anunciado, recientemente, ciertas medidas que entraban la posibilidad de contar con becarios en el extranjero, al parecer por la falta de dólares, mientras, por cierto, el país se arma hasta los dientes (o casi), con el objetivo genérico (y peligroso) de “defender la revolución”. De la misma manera, pienso también que, a pesar de haber disfrutado de un largo período de precios petroleros por las nubes, no hubo un plan para que miles de estudiantes venezolanos (no un millón y pico, claro, como tienen los chinos), viajaran fuera con el propósito de formarse en áreas en las que el país no cuenta con las capacidades requeridas, a la par que repaso, desconcertado, la situación de los posgrados nacionales e, igualmente, la asombrosa cifra de científicos y profesionales a los que no se les ha dado razones para que no busquen hacer su vida en otros lugares.

En fin, resulta inexplicable, por decir lo menos, que no nos estemos ocupando en la medida de lo necesario de actuar de acuerdo con las claves de la época. Si seguimos como vamos, el futuro sorprenderá a Venezuela sin paraguas. O fuera de base, si se prefiere otra metáfora. En “orsai”, pues.

 

Harina de otro costal

Ya empezó la temporada, bendito sea el beisbol. Bendito sea porque nos recuerda que en la vida venezolana no todo es sobresalto y conflicto. Porque nos regala un paréntesis entretenido y amable durante tres meses, repartidos en trocitos de nueve innings. Bendito sea, en mi caso, porque iré al bar más grande de Caracas, como calificó Cabrujas al Estadio Universitario, para ver a los Tiburones de La Guaira y oír su samba, música sagrada.