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Tomás Straka

El dólar en los países socialistas

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Una amiga acaba de publicar en Facebook sus penurias para conseguir un pasaje que le permita viajar al exterior. Aparentemente, en ninguno de los sitios a los que ha ido (y la conozco bien: deben haber sido todos, porque si algo la caracteriza es su perseverancia) pudieron venderle uno… es decir, uno en bolívares. Si contara con los dólares suficientes para comprarlo con una tarjeta de un banco extranjero o alguna forma de hacer una transferencia, la situación sería muy distinta. Pero ganando, como ganamos casi todos en Venezuela, en la moneda local, su situación se aproxima bastante al aislamiento. No hace falta decir que su caso no es excepcional porque, al menos en ese segmento de la sociedad venezolana que viaja (o que al menos aspira a hacerlo), todos hemos oído o vivido situaciones similares. Se trata de un fenómeno más amplio, que ni remotamente ocurre por primera vez en la historia. De hecho, es uno que estructuralmente ha aparecido en prácticamente todas las sociedades en las que se han ensayado economías fuertemente estatizadas al estilo soviético, incluso en sus versiones light, como la nuestra: eso que a falta de otro nombre podríamos llamar la “dolarización socialista” o la “paradoja del dólar socialista”.

En efecto, con los pasajes, como con tantas otras cosas (los repuestos, un carro nuevo, el gusto de escoger la afeitadora de tu preferencia, la medicina que necesita tu mamá, la muñeca que tu hija vio en la televisión y pidió para Navidad) el dólar ha marcado una división tajante en nuestra sociedad. Como vemos no se trata de algo restringido a la clase media y profesional, cosa que siempre le ha dado un amplio margen de acción al gobierno cuando de divisas para viajeros y líneas aéreas se trata (¿cuántos realmente se sienten afectados por eso?). Es algo que en realidad toca a todos, más allá de que no sea hasta ahora que lo empiezan a sentir aquellos que normalmente no tienen relación inmediata con la divisa y que con toda seguridad sentirán cada vez más, sobre todo si el precio del dólar sigue avanzando como lo está haciendo, con la velocidad del marcador de un surtidor de combustible. Precisamente cuando con más vehemencia nos hemos declarado independientes del imperio y libres de la explotación capitalista, los venezolanos estamos más pendientes que nunca del símbolo por excelencia de ese capitalismo y de ese imperialismo: los billetes verdes que desde los acuerdos de Bretton Woods (1944)  dirigen al mundo.

Así fue en casi todos los países del bloque soviético. Tanto que incluso llegaron a legalizar esta dependencia (y la subsecuente división de la sociedad) fundamentada en una moneda dura del capitalismo. El caso de la República Democrática Alemana con las Intershops, tiendas en las que se vendía mercancía occidental en marcos también occidentales, es un ejemplo notable. Primero, porque estaban destinadas solo a visitantes del exterior (básicamente personas de la República Federal que iban a visitar familiares) con el objetivo de obtener la mayor cantidad de divisas convertibles posibles. Los germanorientales no podían comprar en ellas ni, de hecho, poseer marcos occidentales (los únicos aceptados en aquellos lugares). De esa manera, el “gobierno del pueblo” legalizaba un sistema tan odioso como el de los carteles de los “No tresspasing” de nuestros campos petroleros, que les impedían a los venezolanos, en Venezuela, acceder a la vida de los gringos, en especial sus bien surtidos comisariatos… La demolición de esos carteles fue uno de nuestros grandes triunfos, y en ella se empeñaron, con grados distintos, todos los gobiernos de López Contreras en adelante. La Intershop era, por el contrario, la consagración de estas formas de segregación. Y además una que pronto se haría más profunda: como, de todos modos, por mil maneras distintas llegaban remesas a Alemania Oriental por parte de familiares desde Occidente, se creó un potencial mercado interno para las tiendas que el gobierno, siempre en aprietos, terminó por admitir. Así, aunque la posesión de monedas occidentales seguía siendo ilegal, quien se las arreglara para tenerlas podía comprar unos anhelados jeans, perfumes o chocolates vedados para el resto de la población.  

Si esta situación llegó a ser odiosa en la Alemania Oriental, cuya economía estaba en condiciones de satisfacer las necesidades básicas de convertir a casi toda su población es la clase media mejor alimentada y educada de Europa oriental, hay que pensar cómo podría serlo en países con economías menos exitosas como la norcoreana, la búlgara o la cubana. Bulgaria, por ejemplo, fue uno de los grandes centros de mercado negro y mercancía pirata Europa oriental, con la mirada más o menos complaciente del Estado; mientras Corea del Norte no solo ha reproducido, aunque en menor escala, el modelo de las Intershops, sino que permite un mercado negro en el que se provee todo aquel que tiene acceso a dólares y euros. El caso cubano, durante el Período Especial que arrancó en 1991, es probablemente el más famoso: dejando atrás la retórica del Che Guevara en sus días de presidente del Banco Central y su Resolución 140, de 1961, en la que se penaliza la posesión de dólares (o lo que es lo mismo, se eliminaba al viejo peso cubano que tenía paridad de uno a uno con la moneda estadounidense), se pasó con armas y bagajes a la dolarización. No es que antes no hicieran falta los dólares para conseguir cosas en el mercado negro, es que a partir de entonces se permitió su libre circulación junto al peso haciendo legal lo que antes estaba oculto: que había dos clases de ciudadanos, los que recibían dólares de sus familiares en Florida (como los alemanes que los recibían de Occidente y los norcoreanos que los reciben de Corea del Sur) y por eso tenían acceso a un mundo de bienes y oportunidades, y los que solo podían contar con los pesos de sus sueldos. El desarrollo de la industria turística amplió aún más la brecha entre los unos, ahora también guías, taxistas y pequeños comerciantes que cobran en dólares, y los otros.

En todos los casos la situación terminó siendo insostenible. En unos, como en Alemania Oriental, simplemente se desplomó el sistema. En otros, la brecha entre el precio de la moneda en el mercado negro y el oficial llegó a ser tan grande, que no quedó otra alternativa que la convergencia de los tipos de cambio, con todo lo que eso implica cuando hay distorsiones tan grandes (quienes no tienen acceso a los dólares, terminan empobreciéndose aún más, al menos al principio). Para 2001, por ejemplo, la tasa oficial del won norcoreano era de 143,07 por dólar, mientras en el mercado paralelo era de uno 570, lo cual a su vez se traducía en un problema de hiperinflación que golpeó enormemente a sus ciudadanos. No solo la comida o la ropa subieron de forma vertiginosa: conseguir un pasaporte falsificado o simplemente la complicidad para escapar del país ha llegado costar, según diversas fuentes, unos 10.000 dólares. Al gobierno norcoreano no le quedó otra alternativa que flexibilizar el mercado hacia una forma de dualidad cambiaria. Después de la reconversión de 2009, la mayor parte de las tiendas aceptan euros, yenes y dólares. Otro tanto pasa con Cuba. Probablemente sorprenda a la mayor parte de los venezolanos el que la isla también esté bajo un régimen de dualidad monetaria desde 1993 (emblemáticamente, gracias a otro Decreto 140). Primero se permitió la circulación del dólar y el peso, para después agregarle, en 1994, otra moneda: el Peso Cubano Convertible (CUC). Así, aunque aún hay grandes diferencias entre los que acceden solo a los pesos viejos con los que ganan en dólares o CUC, la realidad es que el cubano promedio que el día de hoy quiere salir de la isla solo tiene que ir a una agencia de viajes, comprar su boleto y cambiar sus CUC en un banco o agencia de viajes. Dentro de la paradoja del dólar socialista, Venezuela está más cerca de la Cuba o la Corea del Norte de los años setenta, que de las actuales.

Por supuesto, en esto hay especificidades que tomar en cuenta. Una economía como la venezolana, que desde la década de 1920 vive de la renta en dólares que produce el petróleo, nos sujeta a los vaivenes de esta divisa desde mucho antes de la revolución bolivariana. Los episodios del Acuerdo Tinoco (1934), la Centralización de Cambios (1938) y los controles de cambio de 1941, 1960-1964, 1983-1989 y 1994-1996, así lo demuestran.    No obstante, tanto por su duración como por su severidad, así como por el contexto de las políticas económicas en que se desarrolla, el actual sistema cambiario se distingue de los anteriores. Lo que está pasando con los pasajes (y con los carros, los repuestos, las  medicinas, las afeitadoras y casi todo lo demás que, el que puede, busca afuera) nunca había ocurrido con la misma intensidad. El control de cambios, digamos, clásico, siempre fue visto como una medida transitoria, de emergencia, y no como una pieza del control estatal sobre la economía con el objetivo de transitar hacia el socialismo.   Por lo mismo, tampoco era parte de una política de estatización que genere grandes incentivos para el mercado negro, como la escasez y el surgimiento de una clase de funcionarios lo suficientemente poderosos para manejarlo.

Probablemente la amiga consiga finalmente un pasaje. Si lo hace y su destino es un país capitalista, acaso uno sometido al imperialismo, podrá apreciar la paradoja de la dolarización socialista en toda su amplitud: mientras el canadiense o el finlandés promedio solo se preocupa por la fluctuación del dólar cuando pasa algo muy grueso (una gran devaluación) o cuando va a viajar, los cubanos, venezolanos y norcoreanos, liberados del capitalismo y del imperialismo, tenemos nuestra suerte atada a la moneda del enemigo hasta en nuestras necesidades más básicas e inmediatas. Mientras en la mayor parte los países que admiten la “explotación del hombre por el hombre”, la moneda extranjera no marca exclusiones tajantes, en los que estamos tomando el cielo por asalto, crea dos tipos de ciudadano (o una especie de subciudadano condenado a la moneda local). Mientras, por el sistema iniciado hace setenta años en Bretton Woods, el dólar les importa a todos, para nosotros, además, es un asunto de vida o muerte.

@thstraka