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Francisco Layrisse

El dogma de la unidad

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Las expectativas no alcanzadas tanto en la oposición como en el oficialismo van incrementando las frustraciones en ambos sectores y esto en consecuencia alimenta la intolerancia en ellos. La oposición registra muchos años de frustración en sus distintas acciones frente a las adelantadas por el oficialismo. Por otra parte el oficialismo si bien detenta el poder y debería disfrutar de las mieles del mismo, no hace sino reflejar una permanente incomodidad ante el deterioro que experimenta el país en prácticamente todos los órdenes, excepción hecha de la creciente criminalidad.

La turbulencia generada a raíz de la renuncia de Ramón Guillermo Aveledo a la secretaría de la MUD, coloca nuevamente a los sectores opositores en una suerte de limbo ante un oficialismo que si bien ha perdido carisma y fervor popular, por otra parte muestra una creciente falta de escrúpulos, una inusitada tolerancia ante la rampante corrupción.

Se ha convertido el tema de la unidad opositora en un dogma de fe y se subordina cualquier acción a que la misma sea una acción unitaria haciendo que esta unidad se convierta en una asfixiante posición para algunos sectores de la misma.

No creo la unidad sea una condición absoluta para el logro de un cambio político en nuestro país, es una condición de eficiencia, quizás de efectividad pero los cambios políticos ocurridos en el país tanto en el siglo pasado como hasta la fecha no han sido producto de una unidad opositora. No fue la unidad opositora la que terminó con el gomecismo, ni tampoco con el trienio adeco de los cuarenta. No fue la unidad opositora la que terminó con la dictadura de Pérez Jiménez, ni la unidad opositora la que desplazo a los adecos o a los copeyanos. Hay por encima de cualquier unidad, un mensaje, una ideología, una conexión con las grandes mayorías electorales las que hacen posible los cambios políticos en países democráticos. Las alianzas opositoras bajo la forma de unidad son transitorias por naturaleza, como lo fue la alianza entre la AD de Rómulo Betancourt y la URD de Jóvito Villalba.

El trabajo de Aveledo es realmente merecedor de todo el reconocimiento del país, no solo de la oposición sino también debería serlo del oficialismo. Bajo la guía de Aveledo no podía haber espacio distinto de la lucha honesta y democrática. El atajo, la compra de conciencias no forma parte del parque de Aveledo. La alianza opositora agrupada en la MUD ha permitido la reconstitución de la oposición, ha cumplido con creces su objetivo. Su revisión es obligante, así como también lo es la revisión de quienes forman parte de la misma. El mundo político requiere de alianzas con un mínimo de condiciones que le permitan conformar una opción de triunfo. Sí la misma se llama unidad o polo o como quieran es simplemente un instrumento para alcanzar un objetivo. No puede ser que el objetivo sea alcanzar el instrumento.

Creo en oportunidades es más prudente y eficiente dejar que el conflicto permita decantar participantes y propuestas, que la posición de evitarlas, anular iniciativas y diferenciaciones vitales para la sobrevivencia de quienes las intentan. No creo el tema sea conseguir un reemplazo para el irremplazable Aveledo, creo el tema es alcanzar un modus vivendi de respeto y coincidencias mínimas sin que las mismas se conviertan en una camisa de fuerza insoportable. Cada partido y grupo político tendrá que decidir sí sus opciones de triunfo son mayores en una alianza o si por el contrario lo son en una acción individual y proceder en consecuencia.

El descontento popular con el gobierno no significa el apoyo a la oposición, máxime si percibe una revancha opositora que eventualmente lo penalice.