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Ramón Piñango

La doble huella

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De que vienen elecciones, vienen. De que el chavismo va a hacer lo posible y lo imposible por ganarlas, lo harán, eso lo han demostrado una y otra vez. De que la oposición hará mucho de lo posible por ganarlas, lo hará; también lo demostraron aunque su esfuerzo resultó insuficiente. Las elecciones que vienen pondrán en evidencia muchas cosas, buena parte de ellas predecibles por conocidas; entre otras, la fuerza arrolladora y sin escrúpulos de quienes gobiernan. Sin embargo, quedará por verse: la disposición real a pasar de las amenazas al uso desmedido de la violencia en la calle y la fuerza socio-electoral del chavismo sin la presencia carismática de Hugo Chávez.

En la población opositora muchos parecen anticipar una fatídica debilidad electoral en el chavismo por la ausencia de su líder. Incluso, puede que tal ausencia genere dudas en unos cuantos dirigentes del chavismo. Sin embargo, hay razones para pensar que Hugo Chávez dejó huella importante en la sociedad venezolana. Hay que darle tiempo al tiempo para saber cuán profunda ha sido esa huella. Es muy temprano para saber si, como algunos creen, el chavismo se ha de convertir en una suerte de peronismo tropical. Por el momento, parece prudente y sensato pensar que, al menos a corto y mediano plazo, se sentirá la influencia de lo que Chávez hizo y cómo lo hizo en el comportamiento político de muchos venezolanos.

¿Cuál parece ser la esencia de esa huella? Que los sectores populares se sienten reconocidos como actores en la vida política, de que sus necesidades y aspiraciones fueron tomadas en cuenta por alguien poderoso, que se dedicó a ellos, que compartía sus valores y que, por fin, se hacía justicia. Chávez dejó un sentimiento de inclusión. Eso es muy significativo.

En gran parte, se creó ese sentimiento utilizando la imagen de un formidable enemigo por vencer: ese monstruo de mil cabezas formado por la burguesía, la oligarquía, la empresa privada, los partidos políticos, la Iglesia, el imperio y todo el pasado reciente. Así se polarizó el país, con demostración de mucho aprecio hacia los sectores populares y mucho desprecio hacia los sectores medios y altos. Es la realidad que tenemos.

Dura realidad, pero existe y hay que reconocerla: tenemos una nación dividida. Y esa nación no tiene porvenir si no se integra. El reconocimiento de que las cosas son de esta manera es indispensable para conformar una sociedad más vivible, con más riqueza, en paz, con más justicia. Una sociedad en la cual el futuro sea mucho mejor de lo que ha sido en las últimas décadas. No será posible construir un mejor país sin aceptar que los sectores populares incluidos, movilizados por el chavismo, existen y van a influir en nuestra historia, al menos en los próximos años.

Hay quienes –no sé cuántos– no ven las cosas de esa manera. Consideran que el chavismo comenzará a esfumarse una vez se conozca la muerte de su líder. Para quienes así piensan el problema del país es esencialmente electoral, se trata de hacer una buena venta del candidato opositor. Pero hay algo más grave: Hugo Chávez también dejó otra profunda huella: el desprecio de cierto antichavismo hacia los sectores populares percibidos como culpables de muchos de los males que padecemos.

La doble huella que nos deja Chávez hace inmensamente difícil el trabajo de los políticos opositores. No es fácil movilizar, al mismo tiempo, a los sectores populares y a los sectores medios y altos para ganar elecciones, y mucho menos para construir un país en paz, en medio de dificultades económicas. No contamos con personas, grupos o partidos políticos que solos puedan hacerlo. Cualquier esfuerzo requerirá una convocatoria amplia, sin exclusiones. Todos somos necesarios.