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Mirla Alcibíades

Ellas también se divertían

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La imagen que hemos heredado de las venezolanas con bienes de fortuna de nuestro siglo XIX las ha reducido a una velada presencia, oculta detrás de una celosía. Sobre todo en los primeros años de vida republicana (a partir de 1830) esa es la referencia que ha sido acuñada. En realidad, esa creencia está bastante alejada de lo que los hechos demuestran. En esta oportunidad me referiré a algunos momentos de esparcimiento que ellas supieron procurarse.

Muchos momentos de distracción proporcionó la música a las republicanas del XIX. Generalmente, toda actividad social estaba vinculada con la ejecución de algún tipo de instrumento musical. No faltaban tampoco las interpretaciones vocales. Esas destrezas (ejecución instrumental y canto) tenían tanta importancia que todos los establecimientos de enseñanza privada las ofrecían en su programa de estudios.

Esos colegios (los de niñas y los de niños) contemplaban en el acto de fin de curso un concierto ejecutado por sus alumnos. En la sala donde se efectuaba el lucimiento de competencias, las examinadas ponían en ejercicio las habilidades adquiridas en su colegio. Se daba por sentado que la ejecución instrumental y el canto contribuían a suavizar las costumbres. Era una creencia que estaba muy arraigada.

En toda la república se estimulaba la creación de sociedades musicales. El privilegio concedido a este arte inducía a los padres a pagar como matrícula por esa materia una cantidad mayor que por las convencionales lectura, escritura, aritmética, etc.

Necesario complemento de la música fue el baile. Es claro que hubo música dirigida a un público pasivo, oyente; pero también la hubo pensada con fines danzísticos. La importancia que le otorgaban a este tipo de prácticas explica que los colegios también introdujeran la materia de baile en el programa escolar.

Un baile de buen tono era la oportunidad perfecta para que los anfitriones brillaran en el desempeño de los honores de la casa. Ese desempeño marcaba la diferencia entre un baile “brillantísimo” de otro “en menor escala”.

Para que se tenga una idea de lo que una reunión de esta naturaleza significaba en términos monetarios, hagamos un rápido cálculo. El 14 de febrero de 1840 el diplomático estadounidense agasajó con un baile de disfraz. Recibió en su casa alrededor de 55 damas y unos 75 caballeros. El resultado satisfizo al anfitrión pero, según él mismo consignó, le costó alrededor de 400 pesos. Era una suma nada insignificante cuando recordamos que el equipamiento anual de una niña interna en un colegio privado costaba 100 pesos y el alquiler de una casa para un colegio, 60 pesos.

La organización de un baile era obligación que comprometía a toda persona que venía pujando por el ascenso social. A ella quedaba atado quien carecía de antepasados ilustres y, más aún, quien no descendía de héroes de la Independencia. Si en tiempos republicanos comenzaba a codearse con la crème citadina, tenía que pagar este tributo como demostración de que entraba con buen pie a esa selecta pléyade de habitantes de ciudad.

Además de los bailes estaba la soirée. En un principio, estas reuniones fueron cultivo solo de extranjeros. Pero muy pronto aclimató. Lo habitual era servir té y chocolate, dulces, torta, pasteles, frutas, vino, etc. La velada transcurría entre risas y charlas. Las damas vestían a propósito y con gusto. La reunión podía extenderse hasta pasada la medianoche. También estos encuentros propiciaban el canto y hasta la danza.

Un elemento diferenciador de la soirée en relación con el baile estaba en la periodicidad de la primera. Había residencias que se señalaban por las reuniones de este calibre que acostumbraban un día fijo a la semana o al mes. Otro elemento que distinguía era el uso o rechazo de la peluca. Esta prótesis capilar solo estaba destinada a los bailes y para la concurrencia al teatro.

Por añadidura, para un baile se requería una orquesta. Para una soirée bastaba el piano, suficiente para satisfacer las necesidades de amenidad. Los alimentos que se consumían en cada ocasión también se convertían en un factor distintivo, más frugal en este último caso, en comparación con la elaboración y la exquisitez del baile o la cena formal.

No fueron los únicos escenarios de disfrute femenino (y masculino). Hubo otros como las cenas, las visitas, las tertulias, la iglesia, la equitación, el Carnaval, los paseos, el teatro, la lectura y hasta los velorios. Pero, definitivamente, esos desempeños los comentaré en otra oportunidad.