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Raúl Fuentes

Si se disfrazasen de gente…

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Comienza hoy una Semana Santa a lo largo de la cual la feligresía local –con la mirada puesta en La Habana, pendiente, ¡quién no!, de la visita de Barack Obama a esa isla que el inextinguible imaginó de la fantasía y rodeada por un mar de felicidad, en el que la dictadura revolucionaria ahogó los sueños libertarios de millares de cubanos– implorará al hijo de Dios para que interceda ante su padre y Él, que todo lo puede, multiplique los panes, el agua y la luz que la ineficiencia roja nos niega. Hoy es Domingo de Ramos y recomienda la liturgia leer la Pasión de nuestro Señor Jesucristo según San Lucas –más placentero, acaso, sería escuchar la obra homónima de Krzysztof Penderecki, en interpretación de la Orquesta Filarmónica Nacional de Varsovia, dirigida por Antoni Wit–, evangelista y médico reputado de culto al que la conseja popular endilga un sicalíptico martirio dietético, evocado por Iñaki de Errandonea en la redondilla final de Las Celestiales (Al cielo pido perdón/ por tantas coplas malucas/y muero sin confesión/¡como se murió San Lucas!); sin embargo, a riesgo de que se me tenga por impío u hombre de poca fe, no leeré evangelio alguno ni me extasiaré con ese espectáculo sonoro que es la composición cumbre del músico polaco, sino que dedicaré estas sacrosantas jornadas a la relectura de algunos cuentos de Las mil noches y una noche, obra monumental que, traducida del francés por Vicente Blasco Ibáñez y con el simplificado nombre de Las mil y una noches, ocupaba generoso espacio en las estanterías hogareñas para desahogo de barbilampiños onanistas que fantaseaban con jardines perfumados.

No hay nada, al menos no intencionadamente, de pecaminoso o herético en el interés que en nosotros suscita ese retablo de maravillas, horrores y erotismo que Borges, certero, juzgaba metáfora del infinito –laberinto de laberintos–; se trata, más bien, de natural curiosidad: no somos inmunes a la propensión de algunos canales de televisión, como History, Discovery y Nat Geo –que prometen “instruir mientras entretienen”–, a relacionar enigmas y portentos religiosos, legendarios o mitológicos, con sus Expedientes Secretos X, de modo que los hechos de Jesús y sus apóstoles, o los genios que emergen de una lámpara al ser frotadas se explican por el avanzado dominio tecnológico de visitantes galácticos –¿no pertenecería el bolivariano perenne a esa estirpe de súper héroes?– que habrían enseñado a los terrícolas el oficio de gobernar; oficio que aprendió muy bien el “equitativo y magnánimo” Harún Al-Rashid –¡Alá lo tenga a su vera!–, si nos atenemos a lo relatado por Schahrazada en La Historia de la mujer despedazada, las tres manzanas y el negro Rihán.

Se lee allí: “Una noche entre las noches, el califa Harún Al-Rashid dijo a Giafar Al-Barmaki: Quiero que recorramos la ciudad, para enterarnos de lo que hacen los gobernadores y kadíes. Estoy resuelto a destituir a aquellos de quienes me den quejas. Y Giafar respondió: Oigo y obedezco. Y el califa, y Giafar, y Massrur el porta alfanje salieron disfrazados por la calles de Bagdad”.

Se contaba, y acaso sea sólo leyenda urbana, que Medina Angarita acostumbraba pasear sin guardaespaladas (y los que echaban el cuento enfatizaban esa circunstancia), para conversar con chicheros o caerse a palos con habitués del Trocadero. Betancourt irrumpía ocasionalmente en restaurantes de La Candelaria y Sabana Grande para alternar con meseros y clientela. Y alguna vez circuló el rumor de que Carlos Andrés Pérez salía de incógnito, al filo de la medianoche, para citas galantes. A estas alturas del partido no imaginamos a Maduro, escoltado por Cabello, Aristóbulo y Padrino, en imitación aproximada de seres humanos, tocando puertas para preguntar cómo está la vaina; tampoco le vemos emulando a los mandatarios precitados a fin de indagar qué piensa la gente del petardo que está poniendo. En el fondo, a él y a sus visires les importa cominos la opinión del vulgo. Ya lo han dicho: el pueblo está equivocado; es manipulado y engañado –y hasta mal agradecido–. No sabe lo que le conviene. Ellos, sí; y cuando reclaman solidaridad con sus narcoburócratas, en vez de preguntarse por qué la indiferencia, concluyen que la Polar y el imperio han intoxicado al soberano con cervezas y prédicas contra chavistas. No perciben que Hugo Rafael ya no seduce y sus salmos desentonan; que su santidad se esfumó –adiós luz que te apagaste–; que, como Simón el Mago, pasará a engrosar el catálogo de charlatanes y narcisos que han procurado, “con trucos en los bolsillos y cartas marcadas debajo de la manga”, erigirse en objeto de adoración y veneración, por lo cual arden sus efigies los domingos de resurrección.

rfuentesx@gmail.com