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Fernando Luis Egaña

El disfraz de la palabrería

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Una neodictadura impera en Venezuela desde hace muchos años. Y una neodictadura es una dictadura disfrazada de democracia. Y disfrazada habilidosamente porque a estas alturas muchos porfían que la llamada “revolución” no es propiamente despótica y tiene una sustancia democrática que solo hace falta desarrollar a través de esquemas de diálogo miraflorino.

Ese ha sido el secreto del proyecto de dominación que impulsó Chávez: aprovechar las formas o los ropajes de la democracia para montar una jaula institucional, y no de artificios sino de férreo control de los poderes públicos y de diversos ámbitos socio-económicos. Así ha sido el ejercicio del poder hegemónico, casi sin excepciones, sobre todo a partir de que se le “pasara la pierna al caballo”, luego del manipulado referéndum revocatorio de 2004.

Una de las máscaras preferidas de la neodictadura es la palabrería. Esa incesante verborrea que adorna todos los desmanes, y hasta los presenta ante la opinión pública de forma exactamente contraria a lo que son. Y la palabrería se proyecta a través de variados y masivos instrumentos de propaganda que la hacen, al menos, avasallante. Con el predecesor, sin duda, la palabrería lucía más persuasiva que con el sucesor. Pero el patrón es el mismo.

La palabrería de última moda en el discurso de Maduro, por ejemplo, es la relativa al fin del rentismo y la adopción de un modelo económico productivo. ¡Por favor! Si precisamente en estos tiempos de “revolución” es que ha tenido lugar la apoteosis del rentismo petrolero. Si precisamente en esta época es que ha sido desmantelado el aparato productivo venezolano. Entonces, ¿cómo es eso del fin del rentismo, cuando la hegemonía es expresión del más destilado y craso rentismo?

Pura palabrería, obviamente. Aunque para algunos no sea tan obvio y todavía se hagan ilusiones con las promesas oficialistas. En todo y para todo resuena una palabrería similar. El ministerio de la represión es el ministerio de la justicia y la paz... El terrorismo de Estado –verificado en las últimas semanas con más de 41 asesinatos políticos, cientos de lesionados, más de 100 casos documentados de tortura y más de 2.000 detenciones arbitrarias– es el “gobierno del diálogo y la pacificación”. La catástrofe económica que padece el país se transmuta, en la palabrería, como el rumbo seguro hacia convertirnos en una potencia.

La explosión de violencia criminal es la “construcción de una cultura de paz”. Las masacres carcelarias son la “humanización penitenciaria”. La destrucción de la producción nacional y el auge de la importación foránea es el “desarrollo endógeno”. El desmantelamiento de Pdvsa es la “siembra petrolera”. La decadencia del sistema eléctrico es, no faltaba más, la “revolución eléctrica”.

Y el delirio de la palabrería acaso sea que en medio de la escasez, la carestía, la penuria, la violencia social y la represión política, se decrete un organismo burocrático para “asegurar la máxima felicidad social del pueblo”. Los regímenes despóticos, sean del signo ideológico que sean, necesitan de la palabrería para falsificarse. Para proyectarse de manera tendenciosa y entallada a sus intereses de dominio.

El disfraz de la palabrería está muy presente en la esencia de la neodictadura que impera en Venezuela. Tanto es así que muchos insisten en matizar esa realidad, cuando no en negarla.