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Francisco Javier Pérez

El discurseador García Márquez y una nota a pocos días de su muerte

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Nada tienen de malo los discursos si alcanzan la calidad de los que se reúnen en el libro Yo no vengo a decir un discurso (Mondadori, 2012), de Gabriel García Márquez. El escritor quiere marcar distancia con los discursos en general y con los de los políticos en particular, largas e informales peroratas verbosas cargadas de mentiras y de engañifas para tontos. Las magistrales piezas aquí todas juntas, para delicia de los que crecimos adorando cada nueva obra del colombiano que aparecía, dan buena cuenta de lo que deben ser los discursos por su forma y en su concepción: corta y penetrante la primera (demostración de bravura estilística y buen uso de la lengua), aguda y cautivadora la segunda (demostración de alto dominio en la comprensión de los hombres y del mundo). En su lenguaje y en su filosofía, nada sobra o falta en estos textos leídos por un escritor que no se sentía con ganas de dar un discurso y que, gracias a este desapego, revitaliza un género tan maltratado en nuestros espacios.

Todos imprescindibles para conocer al escritor y su clamor frente a los problemas del mundo que vive, ese universo latinoamericano que él ha ayudado tanto a conocer y a divulgar, algunas de las piezas tienen en sí un valor adicional, ése que proviene de la circunstancia que lo ha motivado. Aunque la casi totalidad del libro responde así a ese prodigio que anuda palabra y realidad, algunos de los discursos se han hecho más célebres que otros. Sin querer que esta lista sea sino una personal que comparto, lucen con más luz las palabras pronunciadas en la entrega del Premio Rómulo Gallegos, en Caracas (“Estoy aquí, amigos, sencillamente por mi antiguo y empecinado afecto hacia esta tierra en que una vez fui joven, indocumentado y feliz, como un acto de cariño y solidaridad con mis amigos de Venezuela, amigos generosos, cojonudos y mamadores de gallo hasta la muerte”) (1972); en la apertura del I Congreso Internacional de la Lengua Española, en Zacatecas (canto a la inteligencia de la lengua, para “que simplifiquemos la gramática antes de que la gramática termine por simplificarnos a nosotros”) (1997); en la entrega del Nobel, en Estocolmo (palpitante intervención sobre la soledad del continente: “Frente a la opresión, el saqueo y el abandono, nuestra respuesta es la vida. Ni los diluvios ni las pestes, ni las hambrunas ni los cataclismos, ni siquiera las guerras eternas a través de los siglos y los siglos han conseguido reducir la ventaja tenaz de la vida sobre la muerte”) (1982); en el 70 cumpleaños de Mutis (vidente del paraíso perdido: “Lo he visto escondido del mundo en las sinfonías paquidérmicas de Bruckner como si fueran divertimentos de Scarlatti. Lo he visto en un rincón apartado de un jardín de Cuernavaca, durante unas largas vacaciones, fugitivo de la realidad por el bosque encantado de las obras completas de Balzac. Cada cierto tiempo, como quien va a ver una película de vaqueros, relee de una tirada En busca del tiempo perdido. Pues una buena condición para que lea un libro es que no tenga menos de mil doscientas páginas”), en Bogotá (1993); al ser homenajeado en el IV Congreso de la Asociación de Academias, en Cartagena de Indias, al celebrarse los 50 años de Cien años de soledad (“Pero no se trata ni puede tratarse de un reconocimiento a un escritor. Este milagro es la demostración irrefutable de que hay una cantidad enorme de personas dispuestas a leer historias en lengua castellana, y por lo tanto un millón de ejemplares de Cien años de soledad no son un millón de homenajes al escritor que hoy recibe sonrojado el primer libro de este tiraje monumental. Es la demostración de que hay millones de lectores de textos en lengua castellana esperando este alimento”) (2007); el pronunciado, en Ciudad de México, por la muerte de Cortázar (el ídolo querido y envidiado: “En las muchas veces que nos vimos años después, lo único que había cambiado en él era la barba densa y oscura, pues hasta dos semanas antes de su muerte parecía cierta la leyenda de que era inmortal, porque nunca había dejado de crecer y se mantuvo siempre en la misma edad con que había nacido”) (1994).

El título expresa un magnífico desiderátum que no se cumple, pues los discursos están allí en contra de la renuencia del autor, presidido por una guacamaya, reina de nuestras aves oratorias, en la colorida portada del libro (obra de la diseñadora Marta Borrell). La ironía se hace motivo de la propuesta del libro y los lectores agradecemos el incumplimiento de la propuesta. Venturosamente, el autor sí nos discursea. Su personal estilo transforma el género. Su modo nada tiene que ver con la intervención farragosa y aburridora, irrespetuosa por extensión impropia y por chatura verbal.

Hay más destreza literaria en estos textos de lo que se reconoce. Elogian siempre la tenacidad de la vida y fustigan la de la muerte. Hay más reflexión aguda de lo que aparenta la comodidad del orador. Todas están atravesadas por su don de escritor magistral (esa sencilla forma de decir) y todas conducidas por su amor, dolor y valor hacia las prodigiosas y agónicas realidades de un continente que aún espera por su hora de desagravios y de triunfos. Por lo pronto, la de su gran literatura queda a la vista en la singular obra oratoria aquí recogida.

Nota a pocos días de su muerte

Ha muerto el gran escritor, luego de una vida larga, buena y próspera. Como todo gran escritor se impone, en la latencia de su personalidad, observar el mundo desde una soledad que agoniza cruelmente en cada una de sus páginas. Su casa en Cartagena está sola, como creo que casi siempre lo estuvo. El hermoso y colorido edificio, rectilíneo y sólido, casi carece de ventanas que miren hacia afuera, a ese exterior soleado y trajinado de visitantes (un tópico de los guías turísticos o una estampa tropical de Hopper).

Prosperidad de una escritura que nos fue tan lúcida, tan permanente, tan libre y sin encierros, tan imaginada y con tantas imágenes, tan comprometida y sin compromisos, tan discurseadora y sin discursos, tan y tan pletórica de lenguaje verdadero. Vale para él, lo que él escribió a la muerte de Cortázar: “Preferí seguir pensando en él como sin duda él lo quería, con el júbilo inmenso de que haya existido, con la alegría entrañable de haberlo conocido, y la gratitud de que nos haya dejado para el mundo una obra tal vez inconclusa pero tan bella e indestructible como su recuerdo”.