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Maximiliano Tomas

El discreto desencanto de la burguesía

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La semana que pasó será recordada como la del estreno de dos películas argentinas notables y, en más de un sentido, emparentadas. Historia del miedo, de Benjamín Naishtat (Buenos Aires, 1986), marca un debut cinematográfico más que auspicioso. Y Aire Libre, de Anahí Berneri (1975), confirma el progresivo desarrollo del talento de la directora de Un año sin amor y Encarnación. Las dos abordan, a su manera y honestamente, los conflictos medulares de una parte de la sociedad, la clase media acomodada: Naishtat filma el miedo a los otros (al desclasamiento o a la invasión bárbara) y Berneri el miedo a uno mismo (a la pérdida de la juventud, los sueños, el amor). Los dos ponen en juego la siguiente paradoja: si bien nadie quisiera estar en el lugar de los protagonistas de estas películas, los espectadores saben que esa posibilidad está más cerca de lo que les gustaría admitir.

Naishtat filma el miedo a los otros (al desclasamiento o a la invasión bárbara) y Berneri el miedo a uno mismo (a la pérdida de la juventud, los sueños, el amor).

Historia del miedo está compuesta con la libertad formal de algunas operas primas, pero con la consciencia de que existe una tradición en la que afirmarse- En este caso, los thrillers y el suspenso de directores como John Carpenter o Michael Haneke. Hay aquí dos mundos excluyentes: el de la vida dentro del country (los propietarios, las visitas, los guardias de seguridad) y el de una extraña amenaza exterior (la toma de los terrenos lindantes al barrio cerrado, la quema de basura y el humo pútrido que atraviesa los cercos). En el medio, los seres que transitan de uno a otro: jardineros y empleadas domésticas. El contexto: el verano en Buenos Aires y los cortes de luz, que igualan a todos, vivan donde vivan, y los empujan a un infierno compuesto de oscuridad y calor. En Historia del miedo todo está siempre a punto de suceder, y es esa indeterminación la que paraliza a los personajes. Eso, y que nada es como debiera ser: los niños no son seres adorables, los barrios cerrados no son territorios seguros, los festejos ponen de manifiesto que no hay motivos para celebraciones.

Aire libre es una película más clásica desde lo formal, pero de una madurez y un talento general infrecuente. Desde las actuaciones principales (Leonardo Sbaraglia, Celeste Cid, Máximo Silva, Fabiana Cantilo, Marilú Marini) a los diálogos, el manejo de la cámara y de los climas, todo contribuye a potenciar la trama, que narra la desintegración de una pareja. La completa parábola de un derrumbe. Se podrían destacar de Aire libre algunas apuestas extremadamente inusuales para el cine argentino, como el naturalismo de las escenas sexuales y la presencia de desnudos frontales completos, tanto masculinos como femeninos. También el rodaje en lugares cargados de sentido y que deparan escenas memorables, como la discusión por la compra de artefactos del hogar en un Sodimac, o la que transcurre en el interior del Ruta Hotel de la Panamericana (que aporta además la revelación de un lugar siempre apenas intuido, como cuando en Pizza, Birra, Faso se filmó por primera vez el interior del Obelisco porteño).

Aire libre es una película más clásica desde lo formal, pero de una madurez y un talento general infrecuente
Quizá la decisión menos acertada de la película sea la elección de la metáfora central, una casa que debe remodelarse y que, pese a todo esfuerzo, se viene abajo (al igual que la relación de los protagonistas). Pero lo que la salva es la manera en que Berneri filma esa casa: como si fuera un animal que late, respira, cruje y se agota. Una casa que es como un animal, que está rodeada de animales (perros amenazantes), y que sirve como escenario para el desarrollo de la pura animalidad (el deseo sexual y la violencia entre seres humanos). Esa casa es un personaje, el cuarto integrante de una familia compuesta por padre, madre e hijo.

Pero la descomposición ("Todo lo que se pudre forma una familia", escribió una vez el escritor Fabián Casas) nunca es más evidente que en los cuerpos, en cómo Berneri retrata a Sbaraglia y a Cid, desde ángulos que casi nunca los favorecen, donde se evidencian sus defectos e imperfecciones. Se mencionarán, seguramente, a Ingmar Bergman y a John Cassavetes para establecer una relación familiar con Aire libre. Pero no habría que olvidar a Richard Linklater (el director de la trilogía Antes del amanecer, pero también el de la menos conocida Tape). Linklater suele filmar a protagonistas de la misma edad que los de Berneri, entre los treinta y los cuarenta, siempre en crisis, con una sensibilidad y una inteligencia singular. Pero incluso para el estadounidense hay siempre espacio para la redención: la última escena de Antes del anocheceres un ejemplo perfecto. Es allí donde Berneri sube la apuesta y supera a Linklater: no le ofrece al espectador respiro ni esperanza, y lo arroja a la calle con sus problemas a cuestas. Ni Historia del miedo ni Aire libre, está claro, son películas para amenizar la noche de un sábado en pareja. Pero a esta altura de la vida ya sabemos que las relaciones amorosas no deberían amenizarse, y que el buen cine puede servir para muchas otras cosas.