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Antonio Sánchez García

La diplomacia cómplice

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¿Qué pretende la infeliz e hipócrita iniciativa de la Casa Blanca conjuntamente con Brasil frente a nuestra tragedia? ¿Cuál es el fin de esta diplomacia cómplice? Desde luego: su objetivo real no es intervenir en nuestros asuntos a favor de la defensa de los derechos humanos, la libertad de nuestros presos políticos y la transición hacia la democracia. Es seguir dándole cuerda al estropeado reloj del diálogo, a ver si aparenta poder darnos la hora del tiempo de Dios, que para Biden, la Rousseff, Raúl Castro y Nicolás Maduro pareciera perfecto.

 

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Joe Biden, vicepresidente de Estados Unidos, nos ha entregado una perla de la diplomacia cómplice. La de “los buenos modales” que critica nuestro buen amigo Oscar Arias. Por una parte, la señora Jacobson, subsecretaria del Departamento de Estados para Asuntos del Hemisferio, asegura que no existen razones que justifiquen la aplicación de sanciones a altos funcionarios del gobierno de Nicolás Maduro, toda vez que hay conversaciones en curso entre la llamada “oposición” y el gobierno que podrían verse perjudicadas por la acción unilateral de su gobierno. Razones que llevan al Departamento de Estado y al gobierno de Obama, del cual el señor Biden es vicepresidente, a cerrarse a las recomendaciones de sus propios senadores, que han votado a favor de la aplicación de dichas sanciones. Sus razones son tan palmarias que el pretexto no puede ser más impropio, falso y engañoso: ciudadanos venezolanos responsables de la represión saldada con 43 asesinatos, cientos de heridos y miles de prisioneros disfrutan de las exquisiteces de la democracia norteamericana, poseen ingentes bienes de fortuna en inversiones, depósitos bancarios y propiedades inmobiliarias “en el imperio” y se pasean en sus carros, aviones y yates de lujo como ejemplares turistas por las playas americanas.

Mister Biden acaba de reunirse con la señora Rousseff, presidente del Brasil, segunda figura del PT brasileño que encabeza su compañero Lula da Silva, fundador y guía, junto con Fidel Castro, del Foro de Sao Paulo y factor decisorio de Unasur, un parapeto del injerencismo castrocomunista en América Latina, que en un acto absolutamente unilateral decidió, por cierto a pedido del canciller venezolano, Elías Jaua, y la venia de Raúl Castro, la urgente intervención extranjera en los asuntos internos de Venezuela para boicotear las acciones de protesta pacífica y democrática de la juventud y el pueblo venezolanos con la dictadura de Nicolás Maduro. Respaldándose en la aceptación de dicha injerencia por parte de un sector de la oposición que nada tenía que ver con la gigantesca ola de protestas que sacudían al país poniendo en jaque la estabilidad del gobierno.

Vale decir: el vicepresidente de Estados Unidos, que no ve razones para aplicar sanciones perfectamente cónsonas con el espíritu y la letra de las determinaciones constitucionales y las tradiciones democráticas norteamericanas –sanciones que puede aplicar con efectos inmediatos con un simple ejecútese del Salón Oval–, cuyo peso decisorio en el hemisferio supera el de cualquier otra potencia mundial y cuya voluntad podría inducir cambios dramáticos en la situación de nuestro país, atribulado por una dictadura, se ve en la necesidad de reunirse con la presidente de la principal potencia de la región y solicitarle humildemente que haga algo para que en Venezuela “haya un poco más de democracia”.

 

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Si Mister Biden no sabe que Dilma Rousseff participó en un comando terrorista que secuestró en septiembre de 1969 a Charles Elbrick, embajador de Estados Unidos en Brasilia, asaltó bancos y cometió otros graves delitos contra la cosa pública, constituye una de las fichas criadas por Fidel Castro para llevar a cabo una estrategia diseñada por el Foro de Sao Paulo para el cual la supervivencia de la dictadura venezolana es de crucial, de vital importancia, no merecería ser el vicepresidente de Estados Unidos. Está obligado a saber, al margen de las informaciones que el Departamento de Estado pueda recabar de parte de sectores interesados y anónimos de la llamada oposición venezolana, que Brasil jugó un papel fundamental en impedir que el llamado referéndum revocatorio cumpliera el cometido para el que fuera convocado, pusiera toda su influencia en juego en la OEA para boicotear su ejecutoria y toda acción opositora, hasta culminar su juego a favor de la dictadura impidiendo que la diputada María Corina Machado hiciera uso de la palabra en el seno de la OEA y empujara a las cancillerías amigas –todas, sin siquiera la excepción de la del presidente Santos, de Colombia– a intervenir en los asuntos internos de Venezuela a favor del régimen y en contra de la resistencia.

¿Qué pretende la infeliz e hipócrita iniciativa de la Casa Blanca conjuntamente con Brasil frente a nuestra tragedia? ¿Cuál es el fin de esta democracia cómplice? Desde luego: su objetivo real no es intervenir en nuestros asuntos a favor de la defensa de los derechos humanos y la democracia. Es seguir dándole cuerda al estropeado reloj del diálogo, a ver si aparenta poder darnos la hora del tiempo de Dios, que para Biden, la Rousseff, Raúl Castro y Nicolás Maduro pareciera perfecto.

 

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En un lúcido y valiente artículo publicado el 17 de junio pasado en La Nación de Costa Rica, el ex presidente de Costa Rica y premio Nobel de la Paz Oscar Arias Sánchez pidió, no sin un sesgo de dramatismo frente a las graves violaciones a los derechos humanos, el encarcelamiento y la sistemática persecución a los líderes de la resistencia que tienen lugar bajo la dictadura de Nicolás Maduro, dejar la política que llamó “de los buenos modales” –léase: la diplomacia cómplice– y en lugar de palabras exigir la liberación de los presos políticos y un inmediato cese de dichas graves violaciones en curso.

Dijo Oscar Arias textualmente, según reseña El Nacional de este 18 de junio: “No importa si Maduro se cree líder electo libremente, no importa si las encuestas reafirman su popularidad, no importa si algunas de sus políticas sociales supuestamente buscan aliviar la pobreza, no importa si carecemos de mecanismos efectivos para que la comunidad internacional intervenga: a fin de cuentas, quien suprime a la oposición es un enemigo de la democracia”. Las razones no pueden ser más evidentes y manifiestas, así mister Biden, las presidentes Rousseff, Kirchner y Bachelet y todo el resto de la camarilla de la Unasur pretendan desconocer, que Maduro “está persiguiendo a sus opositores con una maquinaria institucional cómplice y corrupta”, lo que consideró “un atropello a todo lo que inspira la Carta de las Naciones Unidas, la Carta Democrática de la Organización de Estados Americanos y, en general, el ordenamiento internacional de los derechos humanos”.

Duele y conmueve, al mismo tiempo, que un gran estadista y posiblemente el único que sobrevive en esta nuestra América plagada de oportunismo, corrupción, complicidad y engaño diga desde Costa Rica lo que llevamos 14 años esperando sea expresado por el llamado liderazgo opositor venezolano, con la notable y honrosa excepción de quienes están encarcelados y acorralados por el aparato de los esbirros de la satrapía: “Dirán que es poco lo que podemos hacer. Dirán que aquello tiene asomos de proceso judicial y es difícil demostrar la total arbitrariedad de las investigaciones. Dirán que hay que ser cuidadosos de no equiparar el gobierno venezolano a otros regímenes mucho más brutales. Me tiene sin cuidado. En las palabras de Willian Faulkner: ‘Creo que el hombre no solo perdurará, sino que prevalecerá. Creo que es inmortal no por ser la única criatura que tiene voz inextinguible, sino porque tiene un alma, un espíritu capaz de compasión, de sacrificio y de perseverancia’. Valores de la humanidad. No basta tener una voz. Solo sirve si la usamos para defender los más caros valores de la humanidad. Me sumo al coro que pide la liberación de Leopoldo López. Me uno al coro que pide el fin del proceso contra María Corina Machado. Me sumo al coro que condena este circo alucinador, donde la locura se hace pasar por inventiva, y la intransigencia por patriotismo. Lo más probable es que el gobierno de Maduro ignore mis palabras. Con suerte, me endilgará el caché de ser agente de la CIA. Lo que no puede ignorar es una verdadera avalancha de censura internacional. Lo que no puede ignorar es la sumatoria de miles y miles de voces en cientos de países, articulando la condena que hasta ahora no ha adquirido la contundencia que merece. ‘Libérenlos’. El único comportamiento que un demócrata puede aceptar de parte de Maduro es el cese de toda hostilidad contra los opositores. En ninguna democracia del mundo existen presos políticos. ‘Libérenlos. Libérenlos. Libérenlos’. Eso es lo único que es políticamente correcto decir, porque es lo único que es humanamente correcto exigir”.

No me cabe la menor duda: si el predicamento del ex presidente Oscar Arias predominara en los despachos de la llamada dirigencia democrática de Venezuela y antes de dialogar con el responsable de las iniquidades denunciadas por el Nobel de la Paz se hubiera unido a la resistencia y hubiera planteado esa única exigencia, con valor, con decisión, con nobleza y dignidad, la suerte de Leopoldo López y de todos nuestros presos y perseguidos políticos sería otra. Un eterno agradecimiento a Oscar Arias.

 

@sangarccs