• Caracas (Venezuela)

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Los tiempos actuales obligan a una reintegración entre ética y política, ética y ciencia, hasta ahora separadas; una conjunción que resulta imprescindible a los imperativos de una ética planetaria, la cual sólo puede afirmarse y evolucionar a partir de tomas de conciencia capitales:

1)    La toma de conciencia de la identidad humana común en el marco del reconocimiento de las diversidades individuales, culturales y lingüísticas.

2)    La toma de conciencia de la comunidad de origen y destino, que en lo sucesivo una cada destino humano, nacional y regional al del planeta.

3)    La toma de conciencia de que las relaciones entre humanos, pueblos y naciones, hoy devastadas por la incomprensión y la intolerancia, requieren una reformulación que pasa por la reeducación de su psiquis, su mente y su moral. Más que la acumulación de conocimientos, requerimos alcanzar sabiduría.

4)    La toma de conciencia de la finitud humana y de la inseparabilidad entre el ser humano, el planeta y el cosmos.

5)    La toma de conciencia ecológica, que comprende nuestra relación vital con el planeta, la biosfera y la comunidad de la vida que alberga. La Tierra es una totalidad compleja físico-química-biológica-antropológica, en la que la vida es una emergencia en la evolución del planeta y el ser humano es una emergencia en la evolución de la vida. La humanidad es una entidad planetaria y biosférica que se relaciona con el entorno que le sirve de soporte de vida, a través de su cultura. Esta conciencia supone el abandono del sueño prometeico del dominio de la naturaleza y su sustitución por la aspiración a una relación conviviente, cariñosa (casi erótica) y pacífica con la Tierra.

6)    La toma de conciencia de la necesidad de articular armoniosamente la lógica consciente y reflexiva de la humanidad, con la lógica caótica y autoorganizadora, inconsciente, de la naturaleza.

7)    La toma de conciencia de la responsabilidad cívica con el planeta; es decir, la responsabilidad, el respeto y la solidaridad con los integrantes de la comunidad de la vida planetaria y el planeta mismo, con su consecuente extensión a nuestros descendientes y a las especies que no han surgido o cuya existencia desconocemos.

8)    La toma de conciencia de que la solidaridad con las raíces nacionales, étnicas o comunitarias debe extenderse y fortalecerse con un enraizamiento más profundo con la comunidad planetaria. Se trata de superar el cosmopolitismo abstracto y mediático, que ignora las singularidades individuales, sociales y regionales, así como al internacionalismo miope que ignora la realidad de las patrias y los pueblos.

A partir de allí, una ética planetaria tendría la finalidad de dotarnos de las guías de pensamiento, palabra y acción que nos permitan:

a)     Comprender y resistir las funciones de la naturaleza (y del universo que conocemos), con sus furias, sus fenómenos: terremotos, volcanes, inundaciones y tsunamis, huracanes, tormentas y tornados, y también con sus meteoritos, cometas, tormentas cósmicas, etc.; así como comprender las lógicas del nacimiento, la enfermedad, el envejecimiento y la muerte, la competencia/cooperación, la depredación, los parasitismos, las plagas, las infecciones y los emponzoñamientos.

b)    Comprender y resistir la barbarie humana que nos es inherente, la resistencia a la ignorancia de la verdadera naturaleza de las cosas y los fenómenos de la vida, a la ira y al apego a lo material, la resistencia a la maldad, a la crueldad al egoísmo egocéntrico y a la indiferencia humanas.

c)     Comprender y resistir la barbarie del modelo civilizatorio occidental.

d)    Esta visión de la ética (para comprender, resistir y realizar) hace una fervorosa convocatoria a la tolerancia (para reconocer al otro en su diversidad y en su unidad con nosotros); a la flexibilidad (para afrontar la duda y la incertidumbre propias de la complejidad inherente a la vida); a la solidaridad (que nos mueve a la cooperación y la convivencia); a la compasión (que se pone en el lugar del otro, lo respeta, lo acompaña y lo apoya). Hay, pues, una apelación a despertar la bondad humana que es también una con su capacidad de maldad.